“Yo nací, soy y moriré orgullosamente puta”

Ivana Tintilay entrevista a Marcela la Rompecoche


Marcela la Rompecoche en su casa de Del Viso en 1988. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

Por Ivana Tintilay*


En el año 1992 las travestis que venían siendo detenidas sistemáticamente en las calles porteñas pasaron de estar entre 21 y 30 días presas por vestimenta femenina o prostitución, a un arresto de 24 horas. Esto produjo que enormes cantidades de chicas, asfixiadas por la opresión social y policial, migraran principalmente desde de Salta, Jujuy y Tucumán hacia la Capital Federal. Fue la época en que yo llegué desde mi Jujuy natal. Conocía ya las historias maravillosas y trágicas sobre la Panamericana que leía desde adolescente en revistas sensacionalistas y que también llegaban a mí a través de otras chicas. Debo reconocer, sin embargo, que una vez que llegué a Buenos Aires no tuve el coraje de enfrentar esos territorios famosos por ser una zona de terror, no solo por el accionar de la policía sino por ellas, las travestis violentas, ásperas y empoderadas que exponían sus exuberantes cuerpos a la vera de la autopista. Entre todas ellas se destacaba Marcela la Rompecoche, conocida por ser junto a otras pocas las dueñas y señoras de la Panamericana.


Pero no fue precisamente en Argentina donde nos conocimos con Marcela. Fue una noche de septiembre del año 2000, mientras yo residía y trabajaba exiliada en Francia, donde nos encontramos por primera vez. Yo me había instalado en Paris unos pocos meses antes y ella acababa de llegar de Buenos Aires. Su nombre ya estaba presente en las charlas travestis de Barcelona, Paris y Roma debido a las historias de escándalo que atravesaban el océano Atlántico traídas por las chicas que abandonaban la Argentina rumbo a sus exilios sexuales.


Ya instalada en Paris, la Rompecoche finalizaba temprano su jornada de trabajo en la zona conocida como “Las Marchitas”, llamada así por ser la parada elegida de las travestis viejas y donde ella era la única joven. Cuando daba por cerrada su oferta sexual de la noche, Marcela caminaba unos 500 metros hacia la rue Reine Marguerite, del Bois de Boulogne, donde yo trabajaba junto a un grupete de cinco travestis argentinas. Al verla avanzar ya sabíamos que nuestra jornada, que recién arrancaba, se transformaría en un show. Con su labia que parecía que nunca iba a detenerse, todas nos cagábamos de risa y empezábamos a chupar mientras ofrecíamos nuestros cuerpos. Fue así como conocí a la Rompecoche. Años más tarde, en 2007, cuando yo estaba viviendo en Ostia, Roma, nos volvimos a encontrar en la calle cuando la vi comiendo en un "paninaro", un camión de venta de sándwiches. Luego de saludarnos a los gritos me dijo que se estaba volviendo a Paris. Le ofrecí quedarse en casa por unos días y esas dos semanas de convivencia sellaron nuestra amistad hasta el día de hoy. Para mí escuchar en primera persona las historias de la Panamericana desde su propia boca, no solo era algo fascinante sino que hacía tambalear mis emociones haciéndolas viajar en el tiempo y despertando aún más mi respeto y admiración por ella.


Hoy Marcela vive en la casa de su infancia, en Del Viso. Si bien le huye a las entrevistas, el privilegio de nuestra amistad hizo que después de tantos meses de encierro, en una templada tarde de sábado de noviembre de 2021, me recibiera en su living para ir recorriendo juntas para Moléculas Malucas los distintos pasos de su vida a través de sus álbumes que atesoran la memoria de una época de nuestra comunidad.


Nadie le va a quitar a Marcela ese orgullo que lleva con la frente bien alta desde que enfrentó por primera vez el territorio hostil de la Panamericana para ejercer el trabajo sexual. Es lo que eligió como forma de vida, como herramienta para vivir. Con esta charla, la Rompecoche nos ofrece un posicionamiento que no suele encontrar lugar en la construcción del discurso activista actual ni en los trabajos, posteos y cacareos de la academia feminista abolicionista, la nueva División Moralidad que regresó con inusitada fuerza a pretender controlar y disciplinar nuestros cuerpos.


Solo con memoria, VERDAD y justicia lograremos el reparo por el error estatal que fue volcado por décadas sobre nuestras vidas. Invito a que lectores y lectoras conozcan a la Rompecoche, a la fuerza de sus implacables palabras y el humor ácido que se filtra en sus historias tremendas y crudas puestas sobre la mesa sin censura. Memorias que, como decimos en Moléculas Malucas, resistieron la oscuridad del olvido y que en este caso nos llevarán a un viaje a aquellos años de resistencia travesti, purpurina, show y taco gastado.


Marcela con su madre en la casa familiar de Del Viso en 1988. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

Marcela, la idea es que durante esta charla revivamos con añoranza las memorias travestiriles de la Panamericana de aquellos años '80


En esa época si no te imponías te comían hasta los piojos querida. Yo era terrible porque crecí en la ley de la selva, en la Panamericana solo se salvaba la que era fuerte. La sociedad era muy violenta con nosotras y teníamos que devolver con más violencia para sobrevivir. No es que éramos naturalmente violentas, nos obligaban a serlo, que es muy distinto. En Rincón de Milberg, en el Tigre, las travestis eran famosas por ser terribles, pero tenían que serlo, no les quedaba otra. Ahora, yo personalmente jamás tuve problemas con ninguna de las chicas, siempre me llevé bien con todas. Pero si alguien desde afuera se pasaba con nosotras ahí sí, yo no era solo una lengua agresiva. Como decía mi amiga la Bubú del Tigre, “lo que digo con el pico lo banco con el pecho”.



¿Cómo fue recibida tu transición travesti adolescente por tu familia y tus amistades?


Te diría que la mayor resistencia vino por parte de amigas maricas que querían que una sea gay y no transicione. Como el gordo Luis María, que se montaba para las murgas pero de día era peluquero. Él por ejemplo no nos quería travestis, nos quería gays. Igual ojo que yo nunca me sentí mujer ni me siento. Yo soy travesti, a mí me gusta la pija, la plata y punto. Y con respecto a mi familia estaba constituida por mis padres, mis tíos y mi abuela. Nos movíamos juntos para todos lados. Yo siempre me sentí respaldada por el apoyo incondicional de mi familia y tuve una infancia divina, regia y estupenda. Vivía en Chacarita a dos cuadras de la iglesia San Pablo e iba al colegio Argentina School. Cuando yo tenía nueve años el intendente Cacciatore expropió nuestra casa para hacer las autopistas y nos mudamos a esta en Del Viso, donde estoy ahora. Soy hija única y crecí rodeada del amor de mi papá y mi mamá.


Cartel familiar para homenajear a Marcela la Rompecoche. Del Viso, circa 2005. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Cómo fueron tus primeros pasos en la prostitución?


Y mirá, fue un día allá por el 86, en la época en que te despertabas con el kilo de azúcar a 10 pesos y a la noche ya costaba 100. Yo tenía 16 años, chonguito, y me vestí de mujer. Me aplasté el pelito mojado para que no me queden los rulitos armados y enfrenté la calle y de una hice ochenta pesos. Con la plata en la mano al día siguiente fui a una casa de deportes y me compré zapatillas nuevas, calzas y un buzo fucsia. Ahí largué todo a la mierda, los estudios, todo, agarré la Panamericana y me dije a mí misma “de acá no me saca nadie, ni la policía ni nadie”, y así fue… Y mirá que nos han corrido eh, nos han querido eliminar en la Panamericana, y muchas amigas y conocidas murieron intentando fugar, pero ni la policía ni la sociedad jamás pudieron conmigo.



O sea que te dedicaste a la prostitución porque te diste cuenta que te iba a dar buena plata y eso te decidió a continuar. No fue porque te sentías expulsada de tu hogar….


Jamás me sentí ni fui expulsada de mi casa. Lo mío era ser puta, nunca quise ser trabajadora formal, y que venga alguna a decirme que eso está mal y vamos a ver. Qué valor. Solo una vez trabajé legal durante tres meses en una casa de jeans acá en Del Viso porque Marcela la Cachavacha se había tomado licencia.



¿En Panamericana había otras chicas travestis adolescentes como vos?


Todas, todas. La Dalma, la Johana, la Pitufa, Andreita la cordobesa. Estaba también la Alejandrita, una muñequita hermosa, pero hermosa, que cayó a la Panamericana con 14 años un día de tormenta con un tapado de conejo nevado, parecía un gorrioncito empapado el putito, toda chiquitita, flaquita, con los pelitos mojados. Eran todas mariquitas escandalosas, yo tal vez era más seria. Acá la policía no era como en Capital, donde tenías que llevar el documento encima. En Panamericana con plata podías arreglar siempre.


De izquierda a derecha, la Alejandrita, Valeria la Pitufa y Jessica la Huesito. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

La Policía sabía que ustedes eran menores y aun así cuando las agarraban las llevaban presas frente al silencio cómplice de la sociedad


Y nena ¿los canas qué más querían? Era mejor para ellos. En la Panamericana a la altura de Martínez éramos un cotolengo de putos guachos carne fresca entendés. Pero por ejemplo en Munro había travestis viejas de 60 años llenas de perlas y lencerías caras y a esas no se las garchaban.



Las crónicas policiales que nos remontan a aquellos años 86 y 87 cuentan que había muchísimas travestis adolescentes a quienes era más difícil apresar porque escapaban velozmente


Sí, era así. Había que cruzar los ocho carriles de la Panamericana con autos y camiones que pasaban a más de 120 km por hora. Imaginate atravesar eso, eran el Correcaminos con tacos los putos, tenías que rajar velozmente en cuanto veías llegar el patrullero. Pero muchas, principalmente las travestis más viejas, caían aplastadas por los autos cuando intentaban fugar.



Contame cómo funcionaba la represión policial frente a ese coraje que veían en ustedes al huir corriendo y arriesgarse a cruzar esos carriles para seguir en libertad


Y... los canas se llenaban de odio porque andaban borrachos y no podían con nosotras que rajábamos en el acto. Aparte, ¿quién se animaba a atravesar eso? A ellos en las corridas no les daba el cuero para cruzar al otro lado de la Panamericana como lo hacíamos nosotras. La Dalma se sacaba los tacos y cruzaba a las corridas en patas. Yo corría en tacos o descalza.


La Lilly y la gorda Mery. Panamericana, 1988. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Tenés idea más o menos de cuántas travestis paraban en esa larguísima Panamericana?


Ufff, imposible, imposible. Arrancaba desde la altura de la General Paz hasta pasando Del Viso. No sé… ¿500, 600 maricas por noche?, muchas más creo. Estaba minada. Aparte no era un elenco estable. Vos parabas en un puente y te traías a cuatro o cinco amigas. Y las nuevas llegaban todas cagadas en las patas porque podían terminar agarradas del cogotito por las que ya estaban ahí.



Tengo entendido que a las recién llegadas las propias travestis que paraban en la zona las corrían hasta que con el tiempo se iban armando su propio territorio, donde podían trabajar tranquilas. Cada grupete cuidaba su lugar porque era muy difícil llegar al arreglo con la cana para que no te jodan en ese espacio que ya habías ocupado


Sí, cada una tenía que ganarse su propio lugar. Aparte era vox populi que la Panamericana era una máquina de hacer guita y que hasta la más fea hacía plata.



Vos siempre arreglaste con la policía, ¿cómo fue tu estrategia inicial para llegar al acuerdo?


Había un arreglo fuertísimo, eran 500 pesos por noche, que eran 500 dólares. Me acuerdo que había dos travestis viejas trabajando siempre tranquilas que nunca tuvieron que salir corriendo, una era la Papaíto, que era de la zona, y la otra era la Claudia de Maschwitz, una peluquera que devino en puta, toda trava toda montada. Y bueno, yo quería tener arreglo también y una noche, yo tendría 20 años, llego a la Panamericana y me expongo exageradamente para que me lleven presa y así poder proponer el arreglo. Pero estos hijos de puta no me llevaban. Hasta que un día sí me agarraron y haciéndome la simpática y la que estaba en tema, desde el asiento de atrás del patrullero les pregunto a los canas “¿y en la comisaría está fulano, está sultano, está mengano?” Y uno de ellos me dice, “oíme che, ¿vos sos puto o policía?” [se ríe]. Es que yo quería sacar tema para entrar en el teje del arreglo. Cuando llegamos y me meten en la comisaría agarro y le digo al jefe de servicio de calle, “escuchame una cosa ¿cómo es esto del arreglo? Yo quiero laburar tranquila, mi plata vale como la de todo el mundo”. Y el tipo me dice, “ah, ¿querés arreglo vos?”. Tuve que ser hábil y plantear el tema de una, bien directo porque el tiempo pasaba y me iban a meter en el calabozo, y ahí sí que se me cortaba el diálogo, después ya no iba a haber forma de arreglar. Ahí el cana me dice, “mirá, son 500 por noche. Tenés que avisar un día antes y pagás aunque llueva, truene, o haya una guerra. De lo contrario ya sabés lo que te va a pasar”. Y claro, lo que te iba a pasar era que te cagaban a palos o no pisabas más la zona. Pero bueno, yo por noche hacía 5.000 ó 6.000 pesos, así que me importaba una carajo pagar ese arreglo. Ahora, te digo que ver caer a la cana era como si llegara la luz mala eh. Una noche pasó el colectivo de Infantería de La Plata y paró para llevarme y yo quedé aterrada, pero no me inmuté. Impoluta se quedó el puto, ni un centímetro me moví, ni corrí ni nada. Qué valor, yo ya estaba con arreglo y no iba a permitir que me tocara el culo nadie. Podés creer que justo, pero justo, pasa el jefe de calle y les dice “momentito que la señorita está a cargo mío”. Y así zafé.



¿Y cómo se realizaba el pago del arreglo?


Éramos un grupo de seis o siete que siempre trabajábamos ahí en Torcuato. A la noche pasaba el milico y decía “¿chicas mañana quién viene?” Entonces nos poníamos de acuerdo. Una juntaba la plata de todas y al otro día en un remís ibas a pagar a la comisaría. Pero había algunos yuta que eran buena gente, como Lima, que era un tipo tranquilo y educado que siempre nos saludaba y nos pedía si podíamos colaborar para que pueda comprar la garrafa, y ahí le dábamos. Él jamás nos jodía. A los canas jodidos que me ha tocado cruzarme los he educado y enfrentado no sabés cómo, me he revolcado que no te das una idea. Pero no fueron muchos. Ya sabían cómo era yo.



¿Había arreglos que se pagaban con el cuerpo, sexualmente?


Obvio mi amor. Al que te gustaba te lo comías y no te llevaba presa. Aparte querida a la labia nuestra no la paraba nadie, qué valor, al que pretendía llevarte en cana después de haber estado con vos, con lengua lo mandabas al frente. La yuta ya tenía fama de coger travas.


Marcela la Rompecoche junto a Valeria la Pitufa en 1988. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Has tenido algún amante o novio uniformado?


Sí, novios y parejas. Un día con un tololo de la Vucetich yo estaba entrando en la comisaría y me estampó un beso en la boca en frente del oficial de servicio como si estuviéramos en casa. Yo dije este chongo está en pedo [se ríe].



¡Ay pero me encantan esas historias travestiriles negadas! ¿A ese es al que le quebraste la mano con un fierro por celos?


¡Pero qué celos! ¡Celos las pelotas! Yo estaba endemoniada por las hormonas nena. Es que en ese estado hacías cualquiera, una vez a otro chongo que se pasó de vivo lo arrinconé y lo molí a golpes con el palo del secador y la Chiquito desesperada gritaba “¡Marce tranquilízate por favor basta, lo vas a matar!” Y el pobre quedó ahí tirado cagado en las patas [se ríe].



¿De dónde viene el apodo la Rompecoche?


Fue la Soledad Rocha que me puso ese apodo asqueroso del que hoy estoy orgullosa. Yo, como muchas otras, cuando había que hacerlo te hacía pelota los autos. Ahora algunas escriben por ahí que hubo otras con mi apodo y no es así. Yo soy la única Rompecoche. Todas me conocen así, acá en el barrio también. Cuando llegué a Europa en el 2000 los grupos de españolas en Barcelona o las de Paris ya me conocían por el apodo, mis historias habían llegado ahí.



¿En qué circunstancias tenían que recurrir a romper los coches?


Cuando estábamos laburando en Panamericana mucha gente pasaba mirando como si fuéramos el zoológico de Cutini. Matrimonios con los tipos que se les caía la baba viendo nuestros cuerpos. Por ejemplo se quedaban mudos, boquiabiertos, al ver a mi hermana la Laura Pomillo, que era super dotada y paraba con todo al aire. Ella era de José León Suarez. Cuando me jodían a mí yo avanzaba y con mis Topper les daba una patada al auto y se los hacía pelota. La Pati de Martelli también, ella se paraba en el capó y de un golpe seco les volaba el parabrisas entero. Es que te cansabas loca. Vos laburando esperando al cliente y toda esa audiencia a paso de hombre fantaseándose gratis con nosotras. No mi amor. Una cosa era ir a la murga y otra era ir a laburar. En Panamericana no quería perder el tiempo, solo hacía el show para el cliente que se ponía.


Laura Pomillo en 1989 en la casa de Marcela la Rompecoche. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿También rompiste patrulleros o es parte del mito que se fue desvirtuando?


No, con la yuta yo nunca llegué a eso, pero no por miedo eh. Yo siempre intentaba mantener un buen diálogo y negociar. Pagaba y pagaba para obtener la libertad. Y en general me llevaba bien. Fui astuta.



Se había naturalizado la opresión, era una pseudo libertad….


Sí, bueno, pero al fin y al cabo era lo que había. Fijate que un día, por ejemplo, Sandra la Patona, que más tarde terminó muerta atropellada en la Panamericana, estaba escondida atrás de un caño de desagüe allá a la altura de Martínez porque la corría la Infantería de La Plata. Cuando la yuta se le acerca uno dice “no, déjenla tranquila que es la Rompecoche”. Se la confundieron conmigo y no la detuvieron porque yo estaba al día con los pagos. Y esas cosas, como que la Sandra se haya salvado por mis arreglos, ya te hacían dar cuenta que pagar tenía sentido.



Esta crónica policial del Diario Popular del año 87 que tengo en mis manos, donde sale una foto de tu rostro, nos lleva a conocer una estrategia que la policía, luego de una gran razzia, se vio forzada a utilizar para evitar una revuelta travesti en la comisaría. El artículo dice en estos términos que las catorce travestis detenidas (aunque sabemos que fueron más) “serán conducidos a comisarías del Gran Buenos Aires, pero en forma separada, ya que en otras oportunidades armaron infernales bataholas”. Y que “durante el operativo policial los travestis se resistieron a ser detenidos lanzando a los agentes a golpes de puño, y repitieron la agresión en la Brigada de Infantería con asiento en La Plata”. La crónica continúa diciendo que en medio de gritos y llantos exigiendo la libertad, un alto jefe policial dijo que solo la obtendrían con la condición de que “vuelvan a vestirse como hombres”. Esto fue dos semanas después de la muerte de la Gina Giorgi, en junio. ¿Qué recordás de ese momento histórico?


La historia es así. La revolución surgió porque una noche de julio de 1987, mientras laburábamos en Panamericana, pasó una Coupe Taunus Sp5 manejada por el sobrino de un juez de San Isidro que manejaba toda la merca de la zona. Desde el auto, él y unos pendejos que lo acompañaban, empezaron a gritarnos “¡putos! ¡putos!”, cagándose de risa y siguiendo con más y más insultos. ¿Podés creer que a los pocos metros les falla el Taunus y les deja de funcionar? Bueno, imagínate puto, éramos unas 30 ó 35 travestis, todo el elenco estable, y para qué…. Avanzamos con una furia nena…. Le dejamos el auto….. No sabés, no le quedó un vidrio sano, el capó, el parabrisas, todo…. No sé, le quedó hecho un convertible prácticamente. Al rato nos fuimos y seguimos trabajando tranquilamente, divinas. Y ese día no pasó nada con la yuta.



¿Y los chicos estaban adentro del auto mientras lo destrozaban? ¿Los golpearon?


Obvio, y no sabés cómo, por atrevidos. Al que manejaba y a los pendejos ricachones que lo acompañaban. Qué valor. La Perica te puede contar sobre esto también. Nosotras solo supimos más tarde quién era el gil este que manejaba el auto. Yo te aseguro que después de esto esos chongos nunca más se le animaron a un puto. Así que bueno, a la semana llegó la venganza del juez, y durante una noche, éramos unas 20 de aquellas, o tal vez más, nos cae un mega operativo en la Panamericana con helicópteros, colectivos, camionetas Trafic, Kangoo y ahí cae una presa, la otra presa, la otra también y que se yo cuanto y rebalsó la Brigada de Infantería de La Plata. Nos llevaron a todas. Un chongo colectivero buena onda pobrecito al vernos desesperadas en pleno operativo cargó a algunas pero lo detuvieron con las travas debajo de un puente y también lo llevaron en cana.


Marcela la Rompecoche en un artículo del Diario Popular sobre la monumental razzia en Panamericana en julio de 1987. Fuente: Marcela la Rompecoche.

Siempre, a pesar de la persecución policial tuvimos nuestras alianzas afectivas con colectiveros, taxistas, chicos buena onda que nos llevaban a comprar cerveza y nos traían de vuelta….. Más allá de todo ese rechazo social generalizado había gente que nos contenía


Pero claro, no era todo negativo, yo siempre lo digo. Un día, por ejemplo, la Perica en una fuga de la cana paró a un remisero conocido, un tal Carlos, que manejaba un Falcon blanco. Éramos como diez travas de un metro ochenta subiendo al auto, el chabón pobrecito arrastraba el coche con el chasis tocando el asfalto. Cuando llegamos salían putos hasta por las ventanas. Había que zafar de alguna manera y él aun así nos llevó.



Volviendo a ese mega operativo histórico. ¿Cómo siguió la cosa cuando las condujeron detenidas a la Brigada de Infantería de La Plata?


Éramos unas 20 o más y nos metieron en el colectivo de la Infantería. Cuando llegamos a la Brigada empezamos a resistir y a armar flor de quilombo, entonces para evitar una rebelión mayor decidieron cargarnos a todas de nuevo en el colectivo y desparramarnos de a dos chicas por comisaría. Si nos metían presas a todas juntas no iban a poder controlar la situación. Es que juntas éramos dinamita, pero de verdad eh. No te estoy exagerando. Entonces el colectivo paraba en la comisaría de Martelli y ahí bajaban a dos, y así sucesivamente, dos en la de Florida, dos en la de Munro, dos en la de Carapachay, dos en la de Villa Adelina, dos en la de Boulogne, dos en la de La Horqueta, dos en la de Bancalari, y yo pensaba: “¿a dónde carajo me van a llevar a mí?”. Y seguíamos parando en las comisarías de Escobar, Zárate, Campana, hasta que finalmente estos hijos de mil puta me dejaron en la de Lima, pegado a Entre Ríos. Ahí estuve detenida unos 4 días. Pero estaba divina, a los presos los dejaban ir a hacer compras al supermercado y volvían y hacíamos la comida en el calabozo.



¿Cómo llegaron a vos las fotos de las chicas en el calabozo de la comisaría de Munro que conservás en tu archivo?


Esas fotos eran de mi hermana Laura Pomillo. Se las sacó en 1990 un vigilante amigo. Siempre había alguno con buena onda que nos pasaba comida, cigarrillos, porros, cocó. Laura en esas fotos está con un enterito verde. Era mayor que yo y tenía muchas historias.


Laura Pomillo en el calabozo de la comisaría de Munro en 1990. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

Laura Pomillo junto a Coca la Bigotini en el calabozo de la comisaría de Munro en 1990. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Quiénes son las otras chicas, aparte de Laura, que salen en las fotos del calabozo?


Laura ahí está con la Pocha, con Coca la Bigotini y otra que parece ser la Veroniquita. Mirá, los calabozos eran chicos, pero en una oportunidad llegamos a ser unas 40 metidas en uno solo. La verdad es que una vez que estabas adentro, cuantas más éramos mejor, más bomba la pasábamos, qué querés que te diga, no te voy a mentir. Por ejemplo la Pomillo se encargaba de organizar concursos, el de la más fea, el de la más linda… hacíamos shows, de todo, nos cagábamos de risa. Ya lo teníamos asimilado, eran así nuestras vidas... eso era parte de nuestros días. Cuando yo era jefa de prensa de ATA, cuando ATA tenía una sola T, parte de mi speech era decir que de 35 años del promedio de vida que teníamos nosotras, unos 15 los pasabas tras las rejas. Una vez por semana caías presa, a veces 4, 5 ó 7 días. Entonces bueno, es lo que había y tratabas de pasarla bien en los calabozos porque otra no te quedaba.


De izquierda a derecha, una compañera que podría ser la Veroniquita, Laura Pomillo (tapada por las rejas), la Coca la Bigotini y la Pocha. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Cuánto fue el máximo de tiempo que estuviste detenida?


Yo por suerte nunca estuve más de una semana apresada en un calabozo. Las de provincia no íbamos a la cárcel de Devoto como iban las de Capital, que a veces se comían 30 días. Nosotras quedábamos presas en las comisarías unos 4 ó 5 días en general, a veces un poco más. Y también éramos beneficiadas por amnistías, por ejemplo si era feriado o en alguna fecha religiosa, recuperabas la libertad. Con la yuta Federal de Capital estaba todo más estructurado. Pero entrabas a Panamericana y empezaba la delincuencia, era un viva la pepa, un descontrol. Hasta te robabas estéreos de los clientes y después por cada uno el negro Miguel te daba 5 ó 6 cajas de Rohypnol para mezclar.



Y sí, muchísimas de nosotras salíamos a la calle para trabajar y hacer nuestras delincuencias, porque zona roja era zona roja, no se llamaba así solamente porque había una puta parada. Es un conjunto de cosas que incluyen también el alcohol, la droga y lo delictivo. Quien ingresa a esos territorios lo hace porque le gusta y le llama la atención entrar a la zona de lo no permitido


Es que acá en Panamericana si no entrabas en aquella fuiste…. Los tipos que más pagaban eran los que estaban drogados y si te corrías de esa no ganabas tanta plata.



Hablemos sobre cómo era ser descaradamente atrevida en el trabajo sexual. Cómo llegaban la droga, el alcohol, los excesos, la delincuencia


Con los clientes yo me hacía la que tomaba cocó pero en general era mentira. Yo tenía que poder controlar la situación. Cuando dejé de consumir, ¡qué placer!, salía con los tipos colocados y yo fresquísima. ¡Ay cómo les he hecho la vida negra! Era una pena ver chicos tan lindos y cómo se iban desfigurando. Se soltaban y se volvían tan putos, me pedían que les haga de todo, que les meta de todo. Y yo divina veía y hacía todo muy pila. En ese momento me llamaban Lucrecia Borgia, porque a mis amantes los envenenaba pero de placer.


Marcela la Rompecoche. Del Viso, 1990. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Te daba placer estar alcoholizada, empastillada, drogada?


Sí, pero como todo, la droga te divierte hasta que te pega un portazo y no podés salir a ningún lado, terminás encerrada en un baño paranoica y tomando. Yo al principio cuando era pendeja me pegaba cada viaje con los tipos que ni te cuento. Una vez me tomé un gancho que me dejó dura como rulo de estatua en el auto y los puchos me quemaban la yema de los dedos, era cualquiera, así no se podía [se ríe]. Más tarde empecé a fingir, pero un día me confundí y para hacerme la que inhalaba exhalé y le desparramé todo al tipo, casi se desmaya.



¿Te tocó pasar por momentos de violencia con clientes?


Mirá, en la Panamericana en esa época era la ley del más fuerte, así te lo digo. Si no eras fuerte no sobrevivías, no te salvabas. Mi primer golpe se lo enchufé a un pendejo a la altura de Martínez. Él me encaró agresivamente y yo le pegué un cachetazo, pero me lo devolvió y de tres tumbos me volteó para atrás. A partir de ahí directamente empecé a golpear fuerte yo, y no me fue tan mal. Yo ya era la Rompecoche y cuando me veían pasar quedaban aterrados. Me mirabas mal y yo era un soplamoco, así como pudiste ver hoy cuando la eduqué a esa que me trató mal cuando fui a pagar el gas, aunque solo recibió un sopapo de lengua. Pero bueno, tenías que actuar así para que te respeten.



A pesar de estos terribles contextos de persecución y muerte ¿qué significó para vos la Panamericana?


A pesar de todo lo negativo, llegar ahí era el sumun, era haber triunfado, el equivalente de lo que sentían unas por irse a vivir a Europa. Era todo, éxito, glamour, chongos hermosos, plata, lujo, unos hoteles alojamiento, drogas a rolete, te llevaban en autos último modelo, te hacían regalos… Por más que cayeras presa eso no empañaba lo que te ofrecía la Panamericana. Haber llegado ahí y poder subsistir era el poderío. Las chicas que laburaban en Capital cuando pasaban por Panamericana y asomaban el hocico desde los taxis lo hacían aterradas, cuando sabían que eras de ahí te respetaban. Eso también te inflaba el ego, el respeto que imponía ser de Panamericana. En esa época para la sociedad éramos el último orejón del tarro, pero de alguna manera ahí éramos libres. Exhibíamos nuestros cuerpos, nos adulaban, nos pagaban. Y cuando se pasaban de vivos sabés bien las consecuencias que se pagaban. Era el éxito haber llegado ahí, y era el paso para llegar a Europa, si no pasabas antes por Panamericana ni podías anhelar ir a Europa. Las chicas del interior tenían la Panamericana como referencia, y si no accedían se buscaban otro lugar, o la Capital. Como cuando la Dalma me enchufó a la Piqui Piqui en Confusión porque no se hallaba trabajando en Capital, yo la llevé de bagayo a trabajar a Boulogne y no se adaptó y a las tres semanas tuvo que volver a Buenos Aires. Y eso que si la yuta la veía conmigo no se le acercaba eh, podía trabajar tranquila. A mí Capital nunca me gustó, solo iba a mariconear a la discoteca o a comprar escabio, pero después volvía a mi Panamericana.


Marcela la Rompecoche (derecha) en su casa junto a Laura Pomillo. 1989. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Qué recuerdos tenés de las chicas míticas de Panamericana como la Bubú del Tigre, la Deborah Singer, nombres que han sido sepultados en el olvido pero que nuestra memoria travesti necesita sacar a la luz?


Es que son históricas, son historia. Con la Deborah Singer no conviví mucho porque ella trabajaba en Florida con la Cuca y la Lola, me la crucé alguna que otra vez en el calabozo. En nuestro grupo éramos todas más o menos de la misma edad. Cuando iba al Rincón de Milberg ahí veía a las más viejas que cargaban 50 años de siliconas, de lejos eran unos yeguones todas rubias oxigenadas con unas lolas impresionantes pero te acercabas y eran Rubén Peuchele los putos [se ríe].



¿Y con la Bubú del Tigre?


Laura Esther, personajona ella. Un fuego, divina la Bubú, era terrorífica, pero conmigo una excelente persona. Era culo y calzón con mi hermana la Pomillo. Un día las dos le robaron a un chongo, le afanaron un reloj Movado, fortunas puto. Cuestión que la Pomillo lo guardó en una valija en su casa y desapareció. Ahí la Bubú enseguida pensó que se lo había choreado la Laura y se endemonió, la quería matar. La Pomillo no pudo volver a trabajar más en la misma zona, se tuvo que venir para este lado y se quedó en una pensión con la Corina y con la finada Pocha. Después se mudó acá a mi casa hasta que falleció. Desgraciadamente fue una de las primeras de las nuestras en caer por el sida. Era mi hermana… qué querés que te diga… [hace un silencio]. Pero por el cariño que la Bubú me tenía a mí las dos pudieron hacer las paces antes y no volvieron a pelearse. Era así la cosa en esa época, episodios de violencia absoluta y también mucha compañía entre nosotras. Y no podía ser de otra forma, imaginate a toda la sociedad en contra tuyo. Tenías que sobrevivir.


La Bubú del Tigre en una noche de 1987 preparada para desfilar en la murga "Los caprichosos de Villa Martelli". Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Cómo fue la relación con la gente de tu barrio?


Yo acá en Del Viso donde vivo no tengo nada que decir. Acá todos me conocen y me respetan, siempre fue así. Llegué como un pibito de 9 años, transicioné en la adolescencia a los ojos de todo el barrio y acá nació la Marcela. Entonces la gente me conoce bien. Pero al principio yo toda hormonizada cuando participaba de la murga no quería bajar en el corso de Del Viso, me daba pudor que me vieran desfilar mis vecinos. Hasta que un día, unas de las primeras veces, bajé en Maschwitz y ahí no sabés. Los guachos se enteraban que estaba yo e iban barras de chongos a verme. Un día boludeando en casa con la Pomillo viene la Lily y nos dice que había corso en el semáforo acá a dos cuadras, se sentían los bombos a lo lejos, y allá fuimos.

Marcela la Rompecoche en 1999 preparada para desfilar en la murga "Los bohemios de Del Viso". Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

Una murga sin travestis no era una murga, y vos eras la vedette en los corsos...


Bueno, mi primera murga fue “Los envidiables de kilómetro30”, y a partir de ahí empecé a participar de murga en murga. Iba siempre acompañada de una a la que no quiero nombrar para no darle prensa, éramos culo y calzón con ella, pero ahora no me da más bola. En mi murga, antes de que yo participara, había 10 ó 12 maricones fieros. Yo me cansé, tenía 20 años, me puse un corpiñito, un jardinero grande y me fui al corso. Eso era un grito de libertad en esos años. Te perseguían durante todo el año, pero llegaba el carnaval y el fin de semana eras libre en las murgas, aunque te cagaras de hambre porque el fin de semana no laburabas, comías arroz o pedías fiado, pero al carnaval no se faltaba.



Me habías comentado una vez una anécdota donde los machos al verlas llegar entangadas y llenas de purpurina les gritaron: “¡Puto mi amor qué lindo que estás!”, e intervino tu papá


Eso fue en un tremendo corso acá en la ruta donde fui con la Pomillo. Un mundo de gente. Y mi viejo me acompañaba. “Qué lindo está el puto” gritaban los chongos, y mi viejo se encargó de tocarle el hombro uno a uno para decirles: “más respeto que es mi hija, se llama Marcela”. Es el día de hoy que mi papá me acompaña a votar. Él vive acá al lado y soy su única hija, pero con la lengua que tengo tiene como siete [se ríe].


Marcela la Rompecoche en la murga "Los envidiables de KM 30". 1993. Fuente: Archivo Marcela la Rompecoche.

¿Qué postura tomás hoy en día frente al descarado avance del feminismo abolicionista o frente a las propias travestis que ejercieron la prostitución y hoy reclaman su abolición?

No tomo ninguna postura porque no me interesa un carajo, ni ellas ni lo que dicen. Por una parte las feministas esas hablan de abolir lo que no conocen ni de lejos. No tienen ni idea lo que es la verdadera explotación. Nosotras no somos víctimas de la trata, hablan para confundir. Es estratégico. Es toda una contradicción ese chamuyo abolicionista. Tienen el coraje de venirnos a decir que somos nuestra propia destrucción. A mí que no se me acerque ninguna de esas, porque como decía la Bubú, lo que yo digo con el pico lo banco con el pecho. Yo nací, soy y moriré orgullosamente puta, que eso quede bien claro, ponelo de título. Claro que la prostitución también te da marginalidad, sí, es cierto, pero eso también te hace crecer, aún con lo que hemos padecido, con la dignidad de nuestras vidas orgullosas que se encargaron de pisotear. Y a las travas abolicionistas que dicen que les duele el cuerpo les digo que duele mucho más el bolsillo vacío y no tener un mango. Y que con otros laburos te puede doler el cuerpo mucho más. Si yo hoy no estuviera renga estaría parada en la esquina querida. Hoy, todo lo que tengo y tuve, los lujos que me di en la vida, fueron gracias al trabajo de mi cuerpo. Y por otra parte ser puta también te da placer, te comés unos chongos que jamás nadie se va a imaginar, podés llegar a un estándar de vida óptimo como lo fue en mi caso. Está sobredimensionada la victimización de estas. Si no quieren laburar que no lo hagan, pero no me van a decir a mí lo que puedo o no puedo hacer con mi propio cuerpo, que yo manejo y uso como se me canta. Subestiman tu cabeza, tu poder de decidir entendés. Yo que estoy lisiada ahora podría hacerme la víctima y ponerme a hablar mal de la prostitución con el versito abolicionista para cobrar 15 ó 18 lucas por mes que me vendrían muy bien. Vos sabés Ivana que yo por guita soy capaz de cualquier cosa, pero en esto no querida, soy fiel a mis principios, soy puta orgullosa y pro puta. Las que están ahora viejas y hechas mierda y ya no se levantan a nadie que digan lo que quieran. A mí no me engañan, las conozco muy bien. Basta no quiero hablar más de lo que dicen estas giles.



Si tuvieras la posibilidad de cambiar tu pasado, de volver a nacer, ¿qué eligirías?


Elegiría ser travesti y puta, pero hubiese ahorrado más. Ganaría 7 y ahorraría 3 [se ríe]. Es que con el diario del lunes haría otras cosas. No me haría más la difícil y no desperdiciaría ningún chongo. Por suerte hoy vivo en mi propia casa y las dos habitaciones del frente las tengo en alquiler. Siempre viví en esta casa, en esta cuadra, desde la infancia. Tengo una relación excelente con los vecinos. Saludan educadamente y con calidez a mis amigas travestis que vienen a visitarme. Cuando las ven pasar les dicen “saludos a la Marcela”. Y eso para mí es todo. No lo que vengan a decir esas que lejos de nuestras realidades nos vienen a chamuyar sobre lo que podemos o no podemos hacer con nuestros cuerpos, con nuestras vidas.



* Ivana Tintilay es trabajadora sexual y archivista.


Marcela la Rompecoche (sentada) junto a Ivana Tintilay. Del Viso, noviembre de 2021. Foto: Juan Queiroz.



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Cómo citar este trabajo:

Tintilay, Ivana. “Yo nací, soy y moriré orgullosamente puta”. Ivana Tintilay entrevista a Marcela la Rompecoche.

Moléculas Malucas - Diciembre de 2021.

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