De eso no se hablaba

Gustavo Juan Pueyrredón, una biografía desobediente


En este nuevo artículo, Jorge Luis Peralta recupera la biografía hasta ahora desconocida de Gustavo Juan Pueyrredón (1925-1956), nacido en el seno de una de las familias más tradicionales del país. A diferencia de algunos de sus ilustres antepasados, Gustavo no quedó en la Historia. Los invaluables testimonios de su sobrina, la escritora Carmen Iriondo, así como el gran trabajo de recuperación de archivo emprendido por un sobrino nieto, ayudan a reconstruir su perfil biográfico: el de un joven homosexual cuyo estilo de vida fue tolerado hasta cierto punto, pero también castigado, no solo con la crueldad de una clase dominante adiestrada para oprimir por dentro y por fuera de sus propias fronteras, sino también por la violencia del régimen heterosexual compulsivo que no diferenciaba entre clases sociales.



Gustavo Juan Pueyrredón. Paris, 1949. Foto: Gilles David. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Por Jorge Luis Peralta*


Es inútil guglear: resulta imposible obtener información acerca de Gustavo Juan Pueyrredón, a pesar de haber pertenecido a uno de los linajes más ilustres de la aristocracia porteña en el que figuran desde próceres hasta artistas y grandes coleccionistas de arte [1]. La página web “Genealogía familiar” solo informa los nombres de sus padres, quienes se casaron en 1922, y que tuvo una hermana, Carmen. No hay datos sobre las fechas de nacimiento y muerte. Tampoco, por supuesto, ninguna imagen.


Detrás de ese nombre perdido en un enrevesado maremágnum de apellidos de alta alcurnia se esconde la historia de un joven que prefirió no obedecer los mandatos de género y sexualidad dominantes en la Argentina de la primera mitad del siglo XX. No fue el único, ni mucho menos. Cacería (2020), la apasionante investigación de Gonzalo Demaría sobre el mítico affaire de los cadetes del Colegio Militar, ocurrido en 1942, reconstruye la biografía del principal implicado, Jorge Horacio Ballvé Piñero (1920-1986), cuya trayectoria vital guarda ciertas similitudes con la de Gustavo Juan: ambos nacieron en la década de 1920, en el seno de familias acomodadas, y se beneficiaron (al menos hasta cierto punto) de los privilegios de su clase para ejercer una sexualidad heterodoxa. A ambos, además, esa libertad les acabó pasando factura, de diferente modo: escándalo y cárcel para Ballvé Piñero; adicciones varias y una muerte prematura en el caso de Gustavo.


La labor de archivo de Tomás, un sobrino nieto de Pueyrredón, que ha tenido acceso a fotografías y documentos inéditos hasta la fecha, así como el testimonio de su sobrina, la psicoanalista y escritora Carmen Iriondo, permiten reconstruir algunas informaciones biográficas. Gustavo Juan Pueyrredón nació el 1 de septiembre de 1925 y falleció el 6 de diciembre de 1956, a los 31 años. Un año más tarde se publicó en Buenos Aires El juguete rabioso de Roberto Arlt, novela pionera en la representación del espacio urbano y también de la homosexualidad. Como se recordará, el capítulo III narra el encuentro del protagonista, Silvio Astier, con una marica de clase alta en una sórdida pensión próxima al Paseo de Julio. Arlt, sagaz analista de la metrópoli, dejó constancia de la existencia de una nueva “especie” consustancial a este espacio: las locas que ya habían hecho su entrada triunfal en la literatura argentina de la mano de José González Castillo en la pieza dramática Los invertidos (1914). Si bien es verdad, como señala Juan José Sebreli en “Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires” (1997), que la mayor parte de informes médico-criminológicos sobre la inversión sexual se focalizaron en sujetos procedentes de las clases populares, la literatura nos deja vislumbrar, aquí y allá [2], a dandis y pitucos, o a “chicos bien”, como Pueyrredón o Ballvé Piñero, para quienes la posición social y económica era a su vez una ventaja (pues les evitaba el riesgo de acabar en un calabozo o entre las páginas de los Archivos de Psiquiatría y Criminología) [3], como una condena, ya que sus prácticas sexuales infringían las normas de decoro que regían en las “buenas familias” [4]. Ajenos a la ley que caía sobre invertidos con menos recursos, debían enfrentar sin embargo otra: la que su propia clase imponía puertas adentro: guardar las apariencias, no llamar la atención, que “no se note”. De eso no se hablaba [5].


Carmen Carballido Guerrico de Pueyrredón con sus hij*s Carmen y Gustavo Juan en la biblioteca del petit hotel familiar de la avenida Quintana 577. 1936. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

En Epistemología del armario (1990), Eve Kosofsky Sedgwick señaló que, desde finales del siglo XIX, el conocimiento comenzó a configurarse como “conocimiento sexual” y los secretos se cargaron de contenidos relacionados con la sexualidad. El “secreto a voces” fue (y en muchos casos sigue siendo) un rasgo paradigmático de la vida de muchos homosexuales: como el armario es una estructura transparente, quien está dentro posee su secreto, pero también lo poseen las personas de su entorno. Entre las clases acomodadas, el “secreto a voces” se prodigó de manera particular: se sabía pero se callaba o disimulaba, se manipulaba estratégicamente la información, especialmente de cara a la sociedad. En palabras de Sebreli, “la homosexualidad ‘aristocrática’ (...) era oculta, discreta, no se constituía en grupos separados. Formaba parte, más bien, de una suerte de bohemia chic, de gommeuses o dandis en la que homosexuales, lesbianas o bisexuales confraternizaban por igual con heterosexuales”. Ahora bien, las fotografías que conservamos de Gustavo Juan desmienten parcialmente esta afirmación, en tanto ofrecen el testimonio de una sociabilidad específicamente “gay” [6]. Una de las imágenes, por ejemplo, muestra a Gustavo en Río de Janeiro junto al bailarín Jorge Jamandreu -hermano de Paco- [7] y artistas de la compañía teatral María Antinea, célebre por la cantidad de maricas que la integraban [8]. En otras fotos vemos a Gustavo con su amigo Mario Fenelli (1925-2008), quien tuvo también una estrecha relación con Manuel Puig, como ha estudiado Martín Villagarcía en Moléculas Malucas [9].


Gustavo Juan Pueyrredón junto a Jorge Jamandreu e integrantes de la compañía de arte folclórico español de María Antinea. Río de Janeiro, 1948. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Mario Fenelli y Gustavo Juan Pueyrredón. Mar del Plata, c. 1946. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Resulta claro, a partir de este invaluable archivo visual, que Gustavo no “estaba solo”, que, al igual que Ballvé Piñeiro, se rodeaba de amistades que compartían sus gustos e intereses, y con quienes podía disfrutar, gracias a su buen pasar económico, de cenas, fiestas y viajes de placer. Las fotografías en sí mismas son un lujo que homosexuales de otras clases sociales no podían permitirse [10]. Muchas de ellas -claramente homoeróticas- podrían haber formado parte del acervo de Ballvé Piñeiro, ya que se recrean en la belleza corporal de jóvenes semidesnudos. Frente a la ausencia de un testimonio escrito, las fotos nos hablan de unos deseos que tuvieron un margen para desarrollarse más acá y más allá del “secreto a voces” que gobernaba las vidas de los “niños bien”. Este archivo puede entenderse, también, como la ilustración de los relatos omitidos en las novelas de ese gran cronista de la aristocracia porteña que fue Manuel Mujica Lainez (1910-1984), no casualmente amigo de los padres de Gustavo Juan. Novelas de este autor como Los Ídolos (1953) o Invitados en “El Paraíso” (1957) aluden, con distintos grados de explicitud, a la sexualidad disidente de los jóvenes de buenas familias. Representante él mismo del “secreto a voces”, Manucho dio sutil forma literaria a los vínculos amorosos entre varones, pero evitó visibilizar, al menos en sus obras de los años 50 y 60 [11], el erotismo que el álbum de Gustavo Juan exhibe sin vacilaciones. Uniendo las distintas piezas, podemos atisbar, así sea fragmentariamente, un universo poco visibilizado y representado: la literatura gay/queer argentina tendió -desde sus orígenes en los años 50 con las obras de Renato Pellegrini y Carlos Correas- a centrar su mirada en las clases medias y populares, más allá de éticas y estéticas divergentes. Con excepciones -podría mencionarse a Héctor Bianciotti o Ernesto Schoo- no hubo interés por indagar, acaso por prejuicios ideológicos, en las vidas de los disidentes de alta sociedad. Si como afirma Neil Bartlett “nuestra historia se pierde continuamente”, la historia de estos sexodisidentes resulta aún más inasible y difícil de reconstruir.


Página del álbum de Gustavo Juan con fotografías de una visita a una quinta del Gran Buenos Aires. 1947. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Sin embargo, y la trayectoria de Gustavo Juan lo ratifica, no se trató de vidas fáciles. En Memorias de una niña rehén (High Society) (2009), Carmen Iriondo alude a situaciones que constituyen el reverso de las instantáneas felices de su tío que han llegado hasta nosotrxs. Iriondo rememora el estupor que sintió en su infancia al enterarse de que su abuelo había contratado a un hombre de apellido Donovan, que trabajaba en la estancia familiar, para que “hiciera hombre” a Gustavo Juan. Al parecer, Donovan obligaba a su tío a realizar trabajos duros en el campo, y si fallaba en las actividades encomendadas sobrevenía un castigo físico. A Iriondo le impactó que se recurriese a un “matón” para “enderezar” a una persona grande: “Mi tío tenía 20 años más que yo y era un señor mayor”. Este relato prueba que no siempre la “rareza” sexual era aceptada en las familias de la high society, especialmente entre los pater familias encargados de velar por una correcta encarnación de la masculinidad. En el recuerdo de Iriondo, su madre no veía con malos ojos el hecho de que a Gustavo no le gustaran las mujeres ni tuviese novia: “pensaba que si a él no le gustaban las chicas, eso no estaba mal” (recordemos que existe toda una tradición de mujeres -abuelas, madres, hermanas- que apoyaron a varones gais y que incluso fueron decisivas para su escritura, desde Manuel Puig a Leopoldo Brizuela). Para el abuelo de Iriondo, la homosexualidad de Gustavo Juan era intolerable y se resolvía por el lado de la violencia, no solo la ejercida a través de Donovan. Un día -evoca Carmen- su abuelo lo echó a los gritos de la casa familiar: “Terminó mal. Muy mal. Con el tiempo, se supo que mi tío se fue caminando al pueblo más cercano. No tenía plata ni abrigo”. Quizás este tipo de escenas era más frecuente de lo que imaginamos. En su autobiografía, Paco Jamandreu hace referencia a un conocido, “el Gordo”, a quien su padre envió a Buenos Aires “cuando se dio cuenta [de] que se había acostado con cuanto peón tenía. (...) En medio de su enorme furia, le aseguró una suma mensual con tal de que no volviera nunca por allí”. A Ballvé Piñero, como explica Gonzalo Demaría, lo obligaron a internarse en diferentes sanatorios para “curar” su homosexualidad. Que estos “niños bien” gozaran de privilegios desde la perspectiva económica y social no quiere decir que pudieran vivir su sexualidad con total libertad. La incomprensión que padeció Gustavo Juan pudo haber incidido en las adicciones -principalmente el alcohol- que, progresivamente, fueron oscureciendo sus días.


Gustavo Juan junto a una de sus amigas más cercanas, Nini Gómez Errázuriz. San Isidro, 1 de enero de 1943. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

La figura del homosexual como sujeto condenado al sufrimiento abonó una ingente cantidad de representaciones culturales entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, más como reacción a su notable proliferación y visibilidad -especialmente en las grandes urbes- que como testimonio fidedigno de la realidad. La gran mayoría de esos discursos cifraban el “drama” del homosexual en su existencia misma: fuese congénita o adquirida, la homosexualidad conducía siempre, de manera inexorable, a la tragedia. Ficciones correctivas, fundadas en lo que Gabriel Giorgi ha definido como “sueños de exterminio”, intentaban poner en su lugar a quienes se habían atrevido a cuestionar el orden sexual y social imperante. Pero Gustavo Juan Pueyrredón no sufrió por el mero hecho de ser homosexual (las fotos en compañía de sus amigos y amantes sugieren que disfrutaba su vida marica) sino por una insatisfacción existencial que -solo podemos especular- tal vez se relacionaba con el hecho de vivir en un contexto social y familiar que no favorecía su estilo de vida ni sus aspiraciones. Una de sus amigas más próximas, “Nini” Gómez Errazúriz Alvear (1923-2016) [12], le contó a su sobrina Carmen que para ella Gustavo Juan tomaba mucho y que murió buscando “ese amor que nunca sería posible ni realizable, pero en el que creía más allá de toda posibilidad”. Nini, agrega Carmen, “definió a Gustavo como pifión, y como a una persona que no pudo desarrollar absolutamente nada de su potencial, de ahí la gran frustración que lo acompañaba”. También Carmen lo recuerda como un muchacho inteligente, de exquisito sentido del humor, gran lector y pintor talentoso como su padre y su hermana: “Mi abuelo, padre de Gustavo, pintó de manera profesional en un momento de su vida, pero me confesó a mí, personalmente, que sus hijos le habían dolido mucho porque no pudo entenderlos y ese dolor no le permitió conectarse con su pasión, que era la pintura”.


Nº 1. Sin título (autorretratos). 1946. Grafito sobre papel. 34 x 44 cm. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Padre e hijo, según estos testimonios, compartieron una misma vocación frustrada -la pintura- pero la falta de diálogo obturó la posibilidad de entendimiento. Los pocos dibujos que se conservan de Gustavo Juan permiten apreciar, efectivamente, tanto su sensibilidad artística como su pericia técnica. Un buen ejemplo es la serie de autorretratos, todos realizados en grafito sobre papel. En uno de ellos (Imagen nº 1), que parece ser un grupo de estudios o bocetos preliminares, el artista juega con la idea de un rostro que asume múltiples expresiones, con una mirada reconcentrada como elemento común a todos ellos. Esa mirada interpela directamente al espectador y es, por momentos, explícitamente desafiante. El autorretrato de la imagen n° 2, por su parte, exhibe un gesto adusto y contiene un detalle ínfimo que puede pasar desapercibido -una araña que cuelga a la altura de la frente- pero que tiene, sin lugar a duda, una fuerte carga simbólica que podría vincularse a la idea de amenaza o peligro. En este dibujo, el rostro de Gustavo ocupa casi por completo la superficie del soporte, causando una sensación de opresión que se enfatiza al mimetizarse el grafismo del rostro -en particular del cabello- con el fondo, trabajado de modo tal que pareciera no haber una intención clara de discriminar entre figura y fondo.


N° 2. Sin título (autorretrato). 1944. Grafito sobre papel. 28 x 20 cm. Año 1944. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

La imagen n° 3 nos muestra un rostro también frontal, en apariencia inacabado, que se centra en lo que parece ser un papel o una tela -decorada por completo con arabescos- que es sostenida por una mano anónima desde el extremo superior derecho. Luego, tanto el torso como el fondo están plagados de elementos diversos, de carácter orgánico pero en muchos casos irreconocibles como parte del mundo sensible. Si pudiéramos hacer distintos zums en este “horror vacui” de diseños por momento amorfos, pensaríamos que se trata del detalle de una obra abstracta y no de un retrato naturalista de gran factura. Cabe advertir, asimismo, que la parte del rostro “inacabada” fue realizada y luego borrada y que es precisamente la zona de los ojos -además de parte de la nariz y la boca- la que fue borrada por completo [13]. Podría pensarse que Gustavo no quedó conforme con la intencionalidad de la mirada realizada en este autorretrato, a diferencia de lo que, en este sentido, logró en otros [14]. Alejados, en cualquier caso, de la frivolidad que reflejan algunas fotos -como las tomadas en Río de Janeiro y Nueva York- estos retratos nos devuelven al Gustavo melancólico de otros testimonios fotográficos, que captan la mirada vagamente extraviada de quien no acaba de encontrar su lugar en el mundo.


N° 3. Sin título (autorretrato). 1946. Grafito sobre papel. 44 x 34 cm. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

La búsqueda infructuosa de un compañero sentimental une a Pueyrredón a otro artista argentino malogrado y tempranamente desaparecido: Alberto Greco (1931-1965). Aunque ambos participaron de la cultura del yiro ampliamente extendida en la metrópoli porteña desde las primeras décadas del siglo XX, su deseo de encontrar una pareja estable parece haber sido un objetivo primordial que no pudieron satisfacer. Malva, la “marica” chilena que llegó a Buenos Aires a mediados de los años 40, recuerda en su autobiografía que la unión sentimental entre hombres se producía habitualmente entre “el macho garrote (el gay de ahora) y la mariquita lenci (la marica tipo travesti de hoy)”, es decir, una pareja establecida sobre férreas divisiones de género y roles sexuales (masculino/femenino, activo/pasivo). En el medio social en el que se movía Gustavo Juan tal vez podía aspirarse a uniones más igualitarias, ajenas a los circuitos del yiro callejero que describe la gran mayoría de testimonios (semi)autobiográficos que poseemos [15]. Nini Gómez evoca a su amigo como “un ser varonil, entrañable, tenía ‘todo’ pero no sentía su valor ni provocaba el amor que quería provocar”. La primera pareja de Pueyrredón habría sido Derek, un irlandés de Hurlingham, “frío y medido” a diferencia de Gustavo, que era “apasionado”. Derek le llevaba algunos años y, según Carmen, era Gustavo quien lo hacía sufrir “tomando distancia”. Uno de los pocos testimonios de primera mano acerca de esta relación lo ofrece “Rafaelito” O. C., quien ahora tiene 92 años: “la presión social hacia los gais era un horror, había que reprimirse, cosa que no hacía Gustavo, que fue un adelantado”. Una tarde, "Rafaelito" vio a Gustavo Juan y a Derek en el Ocean Club, un tradicional balneario de Mar del Plata donde la clase alta porteña se instalaba durante el verano: “yo en esa época vivía con la pasión reprimida y un día en el Ocean lo veo a Gustavo, que era un Dios, te lo puedo dibujar porque es como si lo estuviese viendo ahora. No era mi amigo, yo solo sabía quién era él. Esa tarde, yo estaba en la playa, y sabía la hora exacta en que él y Derek entraban a cambiarse juntos al vestuario. Y yo entré y lo veo a Gustavo sacándose su traje de baño blanco de piel de tiburón. Cuando lo vi desnudo me quedé mudo, fascinado. Él y Derek, que era otra preciosura, sin ser escandalosos, eran totalmente abiertos y no se ocultaban en el medio social que frecuentaban”.


Sin embargo, para Pueyrredón, el “muchacho de sus sueños” parece haber sido un joven bailarín español de la compañía de Pilar López llamado Alejandro, a quien conoció en su gira por Buenos Aires. Gustavo, explica su sobrina, estaba muy enamorado, pero no era del todo correspondido por Alejandro. Poco antes de su muerte, Gustavo viajó a España junto al joven bailarín. El motivo del viaje fue, entre otros, el enojo de Gustavo por los reclamos correctivos que recibía de su padre y el deseo de éste de alejarlo del país para evitar escándalos, dado que ya no disimulaba su homosexualidad en sus ámbitos de confianza. Un ejemplo de esto lo ofrece un pequeño recorte de la revista El Hogar, pegado en el álbum de Gustavo, que incluye la breve crónica de un baile de jóvenes de la alta sociedad al que él “concurrió [vestido] sencillamente de pantalón y saco, pero eso complementado con un collar de frutas agobiante, como si hubiese saqueado el canasto de Carmen Miranda”.


Fotografías de amig*s de Gustavo Juan, entre ell*s Mario Fenelli (extremo derecho), y Derek, una de sus parejas. Algunas imágenes fueron arrancadas por la madre de Gustavo luego de su muerte. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

En España, Pueyrredón seguramente pudo encontrar mayor libertad para sus infracciones sexo-genéricas, a pesar de que el país se encontraba bajo la férrea dictadura franquista, que sí poseía una legislación antihomosexual (la tristemente célebre Ley de Vagos y Maleantes). En Barcelona, hacia 1955, Pueyrredón decoró el interior de la boite El Atelier, propiedad de Jorge Jamandreu y que, en palabras de Tete Montoliu, era un “club de maricas” [16]. Alejandro habría vuelto con Gustavo a Buenos Aires e incluso -es una hipótesis- habría estado con él la noche de su trágica muerte, en diciembre de 1956. Todo lo que tenemos de la vida sentimental de Pueyrredón son datos aislados, algunas fotos, el recuerdo de Carmen de su tío encerrado en su cuarto con algún chico, “siempre alegres, riendo, con música de fondo”. Vienen a la mente escenas de la nouvelle inconclusa de Mujica Lainez El retrato amarillo (1956), en la que un niño descubre que su padre tuvo un amigo muy cercano que tal vez fue más que eso: “Era un caballero. Dios lo tenga en su gloria. ¡Cómo le gustaba leer! Se encerraba con tu padre en el escritorio y leían... leían... en inglés, ¿sabés?... desde aquí se oían las voces...”.


Cuando Nini Gómez Errázuriz preguntó por los objetos, dibujos, muebles, libros y otras cosas que habían pertenecido a Gustavo Juan, Carmen se dio cuenta de que su abuela “había confiscado todo ese material después de su muerte” y no había quedado “nada que diera cuenta de su paso por el mundo”. Los materiales recuperados recientemente por su sobrino Tomás pertenecen a ese acervo que Carmen creía perdido y que hoy nos permiten acceder, así sea de manera tangencial, a su fascinante trayectoria vital y creativa [18]. Los dibujos y bocetos encontrados, así como los pocos libros que sobrevivieron de su biblioteca personal, nos sitúan claramente frente a un espíritu inquieto y refinado: un esteta, un “entendido”. Sin inscribirse en las filas del dandismo del que habla Sebreli en su “Historia secreta...”, Pueyrredón compartió los gustos de otros raros de su época. No llama la atención, por ese motivo, que su biblioteca incluyese un ejemplar con su firma de una traducción al inglés de À rebours (1884) de Joris-Karl Huysmans (1848-1907), biblia del decadentismo finisecular que en castellano se ha traducido alternativamente como Al revés, Contra natura y A contrapelo. A juicio de Juan Herrero, Des Esseintes, el mítico protagonista de la novela, “se sitúa en una línea de oposición y enfrentamiento con los valores y normas que imperan en el ambiente cultural y moral de la sociedad burguesa de la época, porque estos valores y estas normas le dejan vacío e insatisfecho. Intenta entonces caminar ‘a contrapelo’ y construirse un orden nuevo, subjetivo y personal, mediatizado por su sensibilidad estética que busca en la sublimación del arte y del artificio, y en el poder de la fantasía y de la imaginación, el encanto de lo inefable y de lo inexpresable”.


Edición de 1931 del libro Against the Grain {A Rebours}, de J. K. Huysmans, que perteneció a Gustavo Juan. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Seguramente la obra de Huysmans tuvo resonancias para Pueyrredón en la medida en que él también, como Des Esseintes, se sentía insatisfecho frente a la realidad que lo rodeaba. Los libros de otros autores que según Iriondo leía su tío -Truman Capote, Evelyn Waugh, Tennessee Williams- podrían añadirse asimismo a la sentimenteca personal de Gustavo Juan: ese término, de acuerdo con Didier Eribon, fue acuñado por Patrick Chamoiseau para referirse a “los libros que nos ‘hacen señas’ y nos ayudan a combatir en nuestro interior los efectos de la dominación”. Pueyrredón, como otros tantos varones sexodisidentes, debió encontrar en la literatura y en el arte un espacio donde descansar de las presiones de su medio social y familiar. Pero no fue suficiente: Nini Gómez recordó que Gustavo Juan “no pudo enfrentar su independencia, no había logrado lazos ni aquí ni allá, se sentía mal querido y no le quedó más que agarrarse a la botella”. Nunca sabremos, más allá de estas pistas, qué pudo pasar en Gustavo Juan para que esa sombra que pendía a su alrededor -como la araña de su autorretrato- se acabase imponiendo sobre otras regiones más luminosas y felices de su existencia. A veces, como advierte Heather Love, en nuestro intento de alcanzar figuras o textos queer del pasado, descubrimos que se nos resisten, que no podemos rescatarlas o salvarlas: “se niegan a ser redimidas [y de ese modo] interfieren no sólo el progreso narrativo de la historia queer sino también nuestro sentido de la identidad queer en el presente”.


Bocetos. 1946. Grafito sobre papel. 34 x 44cm. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

Pero quizás no se trate de “salvar” o “rescatar” a Gustavo Juan, sino de abrazar su extrañeza frente a un mundo que no lo comprendía y no le daba lo que él esperaba (quizás, después de todo, no estamos tan lejos de él en ese sentido). El misterio de su infelicidad y de su muerte -esa trágica noche de diciembre de 1956- queda para nosotrxs como recordatorio de que las vidas sexodisidentes no siempre pudieron triunfar sobre contextos hostiles: no bastaban los amigos, los amantes, el arte, ni siquiera una buena posición social y económica. Había un vacío inconmensurable que nada podía llenar, ni en Buenos Aires ni en Barcelona o Nueva York. A ello alude la significativa necrológica publicada en el diario La Nación : “en el patricio sepulcro familiar recibieron ayer sepultura los restos de este joven dotado de una sensibilidad que atraía por su don para captar lo bello y también transmitir lo noble que su alma abrigaba. Era un artista que acaso no se valoraba a sí mismo, y por eso prefirió buscar fuera de su propio espíritu lo mejor que residía en éste. Su fisonomía típicamente criolla albergaba una inquietud universal que a diferencia de lo que suele ocurrir en quienes entre nosotros poseen ‘una cultura europea’, no excluía el amor a lo autóctono, la devoción a lo patriótico. Como a esas condiciones aliaba este vástago de renombradas estirpes una cautivante facultad de simpatía -a veces restringida por un sentido excesivamente celoso de la autocrítica- es natural que su inesperada desaparición haya acongojado tanto a sus múltiples amistades como al gran sector social en el cual entrañaba su ilustre ascendencia”. ¿Fue suicidio lo de Gustavo? Una posibilidad es que se haya excedido en la ingesta de alcohol y pastillas. Iriondo apunta más a la hipótesis de que su tío se quitó la vida: “había vuelto de Ibiza muy hinchado (...). Y con la mirada perdida y triste”.


Una página del álbum personal de Gustavo Juan con fotografías de su viaje a París en 1949. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.

La muerte de Gustavo constituyó un drama dentro de la familia, pero, siguiendo la tesitura habitual, se prefirió hablar poco; nunca nadie mencionó, por supuesto, la supuesta presencia de su amado Alejandro en la escena de la tragedia. Los abuelos, evoca Carmen, “jamás hubiesen podido salir de ese lugar fijo que les había sido asignado con las estampitas de bautismo”. Eso incluía sufrir en silencio por la muerte prematura de Gustavo: manifestar las emociones estaba rigurosamente vetado. Una carta de Manuel Mujica Lainez a los padres de Pueyrredón ratifica el repliegue familiar tras el hecho y apunta a la rareza de la vida del joven, que el escritor debía conocer mucho más allá de lo que sus palabras permiten entrever: “No pude decirles, la noche del velorio del pobre Gustavo, la tremenda impresión que me causó su muerte. Yo lo quería y valoraba lo que tenía de mejor: el sentido del artista y un raro don de gracia que se reflejaba en sus observaciones inteligentes. ¡Pobre Gustavo! ¡Qué extraña vida! Me pregunto hasta dónde lo hemos comprendido totalmente, hasta dónde nos comprendemos los unos a los otros”. La elegante sintaxis de Manucho no oculta un sutil y diplomático reproche hacia los padres -suavizado con el uso de la primera persona del plural- por no haber visto a tiempo que algo oscuro se incubaba en ese joven aparentemente tan alegre y encantador. Gustavo podría haber sido, de hecho, alguno de los jóvenes refinados y trágicos que pueblan la obra del autor de La casa.


El rompecabezas incompleto, necesariamente opaco, que conforman las fotos y dibujos de Gustavo Juan Pueyrredón, constituye un aporte decisivo a la memoria de la disidencia sexo-genérica en Latinoamérica y Argentina. Como apunta con agudeza Neil Bartlett, “la mayor parte del trabajo de nuestra historia consiste en el trabajo de llenar los silencios”. Estos apuntes han procurado precisamente eso: completar un espacio en blanco de la genealogía LGTBIQ+ local. Así como las páginas de la Historia, con mayúsculas, han hecho lugar a los próceres de los que descendía Gustavo, es hora de que la otra historia, la que no se ha querido (o podido) contar, recupere su nombre y lo hermane con el de tantxs otrxs que desafiaron, en la medida de sus posibilidades, los veredictos sociales y sexuales de su tiempo.



Gustavo Juan Pueyrredón, c. 1943. Fuente: Archivo Gustavo Juan Pueyrredón.


* UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia), Palma, Islas Baleares.




Breve selección de dibujos y fotografías que componen el archivo rescatado de Gustavo Juan Pueyrredón.



Gustavo Juan junto a su madre. 1934.

Uno de los tantos dibujos de la infancia de Gustavo Juan que fueron recuperados de su archivo. Abril de 1935.

Gustavo Juan en el Ocean Club de Mar del Plata con su amiga Martha Demarchi. 1942.

Gustavo Juan junto a su hermana Carmen (izquierda) y Nini Gómez Errázuriz. Mar del Plata, 1942.

Recorte de una foto de Greta Garbo junto a otra de Gustavo Juan en su álbum personal.

Mario Fenelli fotografiado por Gustavo Juan. Mar del Plata, c. 1946.

Página del álbum de Gustavo Juan. Arriba, a la izquierda, Derek Drysdale junto a Gustavo. c. 1946.

El ejemplar de Against the Grain {A Rebours} de J. K. Huysmans con un señalador hecho por Gustavo Juan.

Derek Drysdale y Gustavo Juan junto a Mabel Sidney, mítica animadora de bares de la calle Bowery de Nueva York. 1946.

A la izquierda, Norma Devine, mítica performer del bar Sammy's Bowery, junto a la animadora Mabel Jolly y Gustavo Juan Pueyrredón (derecha). Nueva York. 1946.

Página del álbum de Gustavo Juan con fotos de su viaje a España en 1955.

Fotos del Atelier Club (Barcelona), cuya decoración realizó Gustavo Juan.

Bocetos homoeróticos. Grafito sobre papel. 34 x 44cm. 1946.

Obituario de Gustavo Juan Pueyrredón. Fuente: Archivo familia Pueyrredón.

Notas al pie

[1] Manuel Vicente Maza Bracho (1778-1839), gobernador de Buenos Aires entre 1834 y 1835, fue padre de María Salomé Maza Fernández Puelma (1804-1847), tatarabuela de Gustavo Juan por parte de la madre. El marido de María Salomé, Manuel José de Guerrico (1800-1876), fue el primer coleccionista de arte argentino. Por el lado paterno, también hay relación con figuras prominentes de la historia y cultura argentinas, como Juan Martín de Pueyrredón (1777-1859), Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y Prilidiano Pueyrredón (1823-1870), uno de los pintores más reconocidos del siglo XIX argentino. Cabe señalar, por último, como dato curioso, que Gustavo Juan Pueyrredón era primo en cuarto grado de Ernesto “Che” Guevara, ya que tenían tatarabuelos en común.

[2] Además de las obras ya citadas, pueden mencionarse también la novela Reina del Plata (1946), de Bernardo Kordon, o el cuento “Como un león” (incluido en Con otra gente, 1967), de Haroldo Conti, así como numerosas obras de Manuel Mujica Lainez. [3] Conviene tener presente que se trató de una época especialmente aciaga para los homosexuales. Si bien no había leyes específicas para criminalizarlos (a diferencia de lo que ocurría en otros países), la policía tenía el poder de perseguirlos a través de un conjunto de edictos, especialmente el de “Escándalo”. En diciembre de 1954, dos años antes de la muerte de Gustavo, se llevó a cabo en Buenos Aires una razia gigantesca; se detuvo a más de 200 homosexuales, que tras ser conducidos al Departamento Central de Policía, fueron puestos en fila y rapados.

[4] No es dato menor que, como al igual que otros jóvenes de buenas posición social, Pueyrredón haya realizado sus estudios en una institución religiosa de marcado conservadurismo, como fue el colegio Champagnat. En estos espacios, aunque se promovían con celo las conductas sexuales “correctas”, florecían también los contactos homoeróticos, como queda de manifiesto en la novela Pupilos, mediopupilos y externos (1935) de Ernesto Mirón.

[5] Rememora Carmen Iriondo: “Lo que puedo recordar es a partir de una niña curiosa a quien le ocultaban absolutamente todo, casi hasta su misma existencia. Pero creo que las familias ‘patricias’, léase las que portan algún prócer en su ADN, disimularon (aún hoy), casi todo lo que no coincidiera con un relato armado de lo que una persona ‘como nosotros’ debería demostrar. En mi casa se hablaba en inglés o francés para decir lo que no querían que yo supiera, pero olvidados de que yo hablaba los dos idiomas de corrido y casi mejor que ellos. ‘Be careful’ o ‘Attention avec la petite’ me tenían acostumbrada a parar la oreja enseguida. En general eran alusiones a noviazgos raros, o divorcios y cada tanto decían fulano es “raro” (...) Recuerdo que se hablaba poco del tema [la homosexualidad], a pesar de que a la mesa cotidiana y a ciertos almuerzos fijos que mi abuela organizaba una vez por semana asistían Manucho Mujica Lainez o Francisco Martinez (hijo de un amante de Victoria Ocampo), que a la pregunta mía a mi abuela de por qué Francisco siempre estaba solo, la abuela contestaba: ‘Es muy prolijo’. Siempre fue un chiste con Gustavo y mi madre que utilizamos para referirnos a la pregunta bien íntima, jamás hablamos de esto con gente lejana, decíamos fulano te va a gustar porque es ‘prolijo’, por ejemplo”. Todos los testimonios de Carmen Iriondo están tomados de sus respuestas a las preguntas que le formulamos para la preparación de este trabajo. Agradecemos enormemente su generosidad y disposición. [6] Iriondo aclara, además, que su tío no encajaba en el prototipo del dandi: “no era un ‘elegante’, más bien lo caracterizaba su naturalidad y su falta de pretensión ante los otros. (...) Era más bien ‘canchero’ para vestirse, lo cual desentonaba con la ‘elegancia’ exigida por su clase. Su hermana (mi mamá) era igual y más bien rebelde con su ropa. Si se usaba falda corta se la ponía larga y lo mismo con sus peinados, zapatos y modas que ella inventaba”.

[7] Paco Jamandreu (1919-1995), diseñador de modas conocido por haber vestido a Eva Perón y a varias divas del cine argentino, escribió un libro autobiográfico titulado La cabeza contra el suelo (1975/1981). Allí sugiere que también su hermano era homosexual: “Un día alguien lo vio. Se enamoró de él, compró su contrato en el ballet con el cual actuaba en el Odeón, le regaló alhajas valiosísimas, tanto que en poco tiempo llegó a tener una colección terriblemente comentada y envidiada en Buenos Aires, y comenzó un largo viaje por Europa”. [8] María Antinea (seudónimo de María Hueso Martínez, 1915-1991), actriz española, se exilió en Argentina en 1936 a causa de la guerra civil, y además de actuar en teatro y cine, fundó su propia compañía. De acuerdo con el testimonio de Luis Troitiño en la entrevista que le realizó Juan Queiroz, las compañías teatrales españolas solían actuar en el Teatro Avenida y luego los actores iban a la confitería Politeama o al bar El Cortijo, que estaban repletos “de maricas que hacían gran escándalo adentro y en la calle”. [9] Según Carmen Iriondo, fue también amigo de Miguel de Molina, el cantaor español: “Entre sus amigos se contaban Paco Jamandreu y Miguel de Molina y un tercer muchacho que usaba aros en las orejas y me parecía maravilloso”. [10] Los tristemente célebres Archivos de Psiquiatría y Criminología (1902-1913), dirigidos por José Ingenieros, presentan una situación muy diferente: la de maricas de las clases populares fotografiadas para ilustrar las distintas nomenclaturas de la “inversión sexual” elaboradas por expertos de la época, como Francisco de Veyga. [11] En novelas de su etapa final, como Sergio (1976) y Los cisnes (1977), el homoerotismo es más explícito, aunque siempre emplazado en un cierta contención y refinamiento.

[12] Nini Gómez Errázuriz fundó, con Leonar Vassena y Niní Ribero, la galería “El Taller” en el departamento de Gómez Errázuriz en la calle 25 de mayo 758. Allí se dedicaron a exhibir obras que luego fueron encuadradas en el “arte ingenuo”; Mujica Lainez fue autor de uno de catálogos de la galería. La hermana de Nini, Josefina Gómez Errázuriz de Quesada, también se dedicó al dibujo, fue feminista, frecuentó grupos anarquistas y colaboró como ilustradora en los Cuadernos de Existencia Lesbiana.

[13] En El revés del rostro (2021) Nora Domínguez cita a la investigadora catalana Marta Segarra, para quien “el rostro es la parte del cuerpo que acumula más agujeros: boca, nariz, ojos, orejas y concluye que dichos orificios con sus connotaciones de interioridad, obscuridad, ocultamiento y ruina explican el efecto de horror que produce la visión del rostro cuando su exterioridad es vulnerada. Esta forma de la ruina, de lo inhumano, es habitual en gran parte de los autorretratos modernos, señala Segarra siguiendo a Jacques Derrida y a Deleuze, ya que es en este período cuando el retrato y el autorretrato se afirman como géneros que acompañan la centralidad del sujeto”. Estas observaciones son útiles a la hora de aproximarnos a los autorretratos de Gustavo Pueyrredón. [14] Agradezco a la investigadora María Amor Ferrón sus valiosas observaciones sobre los dibujos comentados. [15] Además de Malva y Paco Jamandreu, ya citados, pueden mencionarse los casos de Carlos Correas (“La narración de la historia”, 1959), Renato Pellegrini (Asfalto, 1964), Oscar Hermes Villordo (La brasa en la mano, 1983), Juan José Sebreli (El tiempo de una vida, 2005) y Alberto Greco (La aventura de lo real, 2020).

[16] Un recorte en el álbum de Gustavo Juan, con una nota publicada en la época en una revista argentina no identificada, ratifica que la boite perteneció a Jamandreu y que Gustavo estuvo a cargo de su decoración:

“La 'boite' más elegante de Barcelona pertenece a dos muchachos argentinos, uno de ellos hermano de Jamandreu. La 'boite' recuerda a un ‘atelier’ de pintor francés y su decorado se debe a Gustavo Pueyrredón, quien lo realizó tal vez añorando uno de sus lugares preferidos en Buenos Aires. Caricaturas de cuadros de Matisse, Braque, Toulouse Lautrec o Picasso -las telas llevan aplicadas plumas, piedras, pelucas, collares-, alternan con una concurrencia nutrida”.

[17] En el álbum de fotos se constata que algunas fotos fueron arrancadas por la madre de Gustavo, posiblemente debido a su carácter comprometedor.



Bibliografía


Bartlett, Neil (1988), Who Was That Man? A Present for Mr Oscar Wilde, Londres, Serpent’s Tail.

Demaría, Gonzalo (2020), Cacería. Una historia real, Buenos Aires, Planeta.

Iriondo, Carmen (2009), Memorias de una niña rehén (High Society), Buenos Aires, Libros del Zorzal.

Domínguez, Nora (2021), El revés del rostro. Figuras de la exterioridad en la cultura argentina, Rosario, Beatriz Viterbo.

Eribon, Didier (2015 [2009]), Regreso a Reims, trad. de Georgina Fraser, Buenos Aires, Libros del Zorzal.

Herrero, Juan (2007 [1984]), “Introducción”, en A contrapelo, Joris-Karl Huysmans, Madrid, Cátedra, pp. 9-93.

Jamandreu, Paco (2014 [1975/1976] , La cabeza contra el suelo. Memorias, Córdoba, Caballo Negro Editora.

Love, Heather (2009), Feeling Backward. Loss and the Politics of the Queer History, Cambridge, Harvard University Press.

Malva (2011), Mi recordatorio. Autobiografía de Malva, Buenos Aires, Libros del Rojas.

Sebreli, Juan José (1997), “Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires”, en Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 275-370.

Mujica Lainez, Manuel (1994 [1956]), El retrato amarillo, Madrid, Ollero y Ramos.

Sedgwick, Eve Kosofsky (1998 [1991]), Epistemología del armario, trad. de Teresa Bladé Costa, Barcelona, Ediciones de la Tempestad.



Cómo citar este trabajo

Peralta, Jorge Luis. De eso no se hablaba. Gustavo Juan Pueyrredón, una biografía desobediente.

Moléculas Malucas, septiembre de 2022.

https://www.moleculasmalucas.com/post/de-eso-no-se-habla



Sobre este artículo

Este trabajo inédito forma parte del proyecto “Memorias de las masculinidades disidentes en España e Hispanoamérica” (PID2019-106083GB-I00) del Ministerio de Ciencia e Innovación de España.



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