Odio a l*s héteros: separatismo y sida en los años 80

En junio de 1990 el colectivo activista Anonymous Queers publicó y distribuyó, en la Marcha del Orgullo Gay de Nueva York, un periódico titulado "Queers Read This" (Queers Lean Esto) que incluía entre sus páginas el manifiesto "I Hate Straights" (Odio a l*s héteros). Su publicación produjo una feroz polémica dentro del seno de la agrupación ACT UP, que lo tildó de excluyente e hiriente. Avram Finkelstein escribe para Moléculas Malucas su experiencia como coautor del controversial texto y como miembro fundador del colectivo que lo publicó.



Por Avram Finkelstein*



Avram Finkelstein, 1989. Foto © Michael James O'Brien. Archivo Avram Finkelstein.


En 1987 el movimiento de activistas contra el sida de Nueva York confluyó en una nueva organización llamada ACT UP (AIDS Coalition to Unleash Power), que actuó con respuestas culturales sustanciales a la nube de ataques que padecieron las personas LGBTQ en Estados Unidos. Esta embestida de amenazas incluía pedidos por parte de líderes políticos para que la gente con sida fuera tatuada, encerrada o puesta en cuarentena, e hizo que l*s activistas no tuvieran más remedio que tomárselas seriamente. En esa época la retórica política en torno al sida desplegada por los medios de comunicación creaba una atmósfera cultural amenazante que fomentaba que esos pedidos de encierro y segregación en centros de internación fueran posibles, y también fue responsable directa del fuerte incremento de la violencia anti-homosexual.

Sin embargo, para ACT UP, cuya mayoría de miembros eran queer, estuvo claro desde el principio que el VIH/sida no afectaba exclusivamente a su comunidad. Por lo tanto decidió no focalizarse únicamente en cuestiones del VIH/sida específicas de las personas LGBTQ, aun cuando la organización se formó y se reunía en el Lesbian and Gay Center de la ciudad de Nueva York. Esa decisión fue parte integral de los principios organizativos del grupo, al punto que en la primera conferencia nacional de activistas contra el sida en Washington D.C., algunos miembros gays de ACT UP llegaron al extremo de sugerir que la comunidad gay no fuera mencionada en los materiales del evento y que no se les asigne un tiempo específico en la agenda o en las sesiones plenarias.

Más allá del principio de heterogeneidad defendido por aquell*s activistas, el sida aún seguía trazando una fuerte grieta respecto a la experiencia queer, lo que hizo que l*s líderes queer de ACT UP que se habían reunido en pos de una única lucha política comenzaran a presenciar el surgimiento de otra; el momento en que empezamos a considerarnos como una nación dentro de otra nación. Tanto es así que varios de l*s organizador*s clave de ACT UP convocaron a una reunión para estudiar la formación de un grupo de activistas que abordara exclusivamente la problemática LGBT, lo que condujo a la creación de Queer Nation.

En las organizaciones de base, aunque pueda haber otras razones, el reunir personas en grupos de afinidad es un dispositivo para organizar movilizaciones de mayor envergadura con un componente de desobediencia civil. La estrategia de organizarse en grupos más pequeños y más fáciles de manejar, permite a l*s organizador*s seguir de cerca los movimientos de aquell*s manifestantes dispuest*s a arriesgarse a ser arrestad*s, lo que les hace más fácil brindarles eventualmente apoyo legal. También les garantiza a l*s manifestantes un entorno seguro donde en el mismo lugar puedan modificar la forma en que expresan su objetivo. Durante mi entrenamiento para la desobediencia civil, donde la gente estaba dividida en grupos de afinidad, yo me cambié de grupo y me uní al que habían formado mis mejores amig*s. Para que esos grupos alcancen su máximo potencial deben ser más que un mero número de integrantes, o el resultado de una experiencia compartida casualmente. Mi grupo de afinidad fue llamado en un principio las “Delta Queens” (las Locas Delta), pero luego de que muriera Costa Pappas, el primero de nuestr*s miembros, el grupo cambió su nombre por “Las Costa”. Costa provenía del colectivo de video DIVA TV.


“Las Costa” fortalecieron su unión mientras organizaban un mes de movilizaciones en el sur del país, antes de irrumpir en la Convención Republicana realizada en Nueva Orleáns en 1988, una iniciativa que llevó a la creación de ACT UP en Atlanta y de ACT UP en Carolina del Sur. El grupo era feminista en su totalidad, y un tercio de nuestr*s miembros eran mujeres, muchas de las cuales investigaban, escribían, editaban y publicaban The Women and AIDS Handbook (Manual de las mujeres y el SIDA). Las mujeres que integraban “Las Costa” estaban también a cargo de lo que en los inicios fuera “Dyke Dinners” (“Cena de Tortas”), el grupo de mujeres de ACT UP, la “Dyke March” (la “Marcha Torta”), “Lesbian Avengers” (“Vengadoras Lesbianas”), el Comité Nacional de Mujeres de ACT UP, y el comité que condujo la campaña que presionó durante cuatro años al Centers For Disease Control (CDC) (Centros para Control de las Enfermedades) para incluir en la definición de sida las manifestaciones de inmunodepresión comunes en las mujeres. Ya sea en forma directa o indirecta, todos los hombres del grupo participamos y tomamos parte de la organización de las acciones realizadas ante el CDC, y todos fuimos arrestados frente a sus puertas.

L*s integrantes de “Las Costa” compartían unánimemente una visión política queer radical y fueron parte de la formación del Proyecto de Historia del Activismo Lésbico-Gay en ACT UP. Sus miembros también participaron en la creación de Queer Nation, de las “Panteras Rosas”, una patrulla de control de la violencia contra la gente queer, y del programa de intercambio de agujas creado por ACT UP en Nueva York. “Las Costa” era uno de los grupos de afinidad más grandes, y llegó a contar con veintiséis miembros con edades que iban de los veinte a los cuarenta y nueve años. Los vínculos que l*s unían se siguieron fortaleciendo a través del cuidado mutuo en las detenciones, la enfermedad y las muertes. Entre ell*s había escritor*s, artistas, cineastas, fotógraf*s, académic*s, archivistas, abogad*s, doctor*s, profesor*s, chefs, estudiantes, programador*s de computadoras, estudiantes de medicina, director*s de arte, editor*s, bibliotecari*s y organizador*s polític*s. En el seno del grupo, casi la mitad de l*s integrantes eran parejas de muchos años, y cuatro de nuestr*s miembros murieron. Viajábamos junt*s, pasábamos las vacaciones junt*s, nos alimentábamos, nos conseguíamos trabajo, nos aconsejábamos l*s un*s a l*s otr*s y también infringíamos la ley junt*s. Si bien otros grupos de afinidad dentro de ACT UP también eran familia, dentro de “Las Costa” esos vínculos eran más pronunciados. Éramos mucho más que una familia, éramos como un pequeño pueblo.

Como yo tenía experiencia trabajando en colectivos dedicados a la producción cultural –el Silence=Death y Gran Fury–, me di cuenta enseguida que “Las Costa” eran una pieza clave de muchos experimentos de la cultura queer radicalizada de Nueva York, y que sería un desperdicio no explorar también la producción de emprendimientos culturales. Tod*s estuvieron de acuerdo con esto y así fue como en 1989 formamos Anonymous Queers, un colectivo que publicó (entre otros proyectos) tres periódicos con tiradas de 15.000 ejemplares destinados a la Marcha del Orgullo de Nueva York. El primer incluyó una extensa diatriba titulada “Odio a l*s héteros”, que produjo un enorme conflicto en el seno de ACT UP.

Tapa del periódico "Queers Read This" (Queers lean esto), donde se publica el documento “Odio a l*s héteros”. Anonymous Queers, Junio, 1990. Fuente: Archivo Desviados.

En forma colectiva decidimos que no elegiríamos un tema, y que cualquier miembro que quisiera escribir o contribuir en el periódico tendría la libertad de hacerlo. En vez de recurrir a un/a editor*, optamos por editar cada artículo en equipos de dos personas. Algunos textos abordaban el tema de la visibilidad lésbica, otros eran testimonios de personas que vivían con sida, algunos eran artículos con importantes peticiones a la agenda política, mientras que otr*s se dedicaron a abordar la cuestión del separatismo queer.

No es inusual que en comunidades con una larga historia de opresión institucional se entablen diálogos internos acerca del separatismo, en parte como resultado de la necesidad de seguridad (tanto en el plano político como de protección física), y en parte como forma de rechazo o resistencia. Según Julia Penelope, escritora lesbiana partidaria del separatismo, éste es “probablemente un primer paso necesario hacia el respeto y la comprensión de un* mism*”. Durante los inicios del activismo contra el sida en Nueva York, el impulso hacia la autodefinición y la autogestión de la comunidad fue muy fuerte en el seno de ACT UP.

Como algunos miembros de mi grupo de afinidad estaban muriendo, o creíamos que su fin estaba cerca, empezamos aceleradamente a evaluar la posibilidad de realizar acciones cada vez más radicalizadas. Incluso consideramos el asesinato de políticos clave en Washington. El separatismo era, quizás, la menos radical de todas las ideas en la agenda. Algun*s de l*s integrantes de Anonymous Queers sintieron que el llamado al aislamiento y confinación de las personas con sida abría una potencial radicalización de nuestras comunidades, y, por si esa amenaza llegara a producirse, consideraron el separatismo de forma más profunda.


Me tocó editar para el primer periódico un ensayo escrito por David Robinson, miembro de nuestro colectivo. Se trataba de una dura evaluación del heterocentrismo, escrita en un lenguaje moderado: muchos de los cuestionamientos comenzaban con la frase “odio cuando l*s héteros…”, un tono conciliador que suavizaba las aristas más agudas de la crítica. Yo lo di un tinte más intransigente: cambié la frase por “odio a l*s héteros que…”, escribí una nueva introducción, agregué algunas partes y decidí cambiar el título por uno totalmente provocador que recontextualizaría todo el artículo: “Odio a l*s héteros” (I Hate Straights). Cuando estaba diseñando el artículo junto a Vincent Gagliostro, el otro miembro del colectivo asignado a la tarea, decidimos colocar el título usando un estilo gráfico particular, entrelazándolo entre el cuerpo del texto. A su vez, en un gesto activista, imprimimos sobre el fondo del texto un puño rosa, robado al artista Hugo Gellert, un comunista que fue expulsado del Works Progress Administration (WPA) –un programa concebido para dar trabajo a l*s artistas durante la Gran Depresión– por insertar furtivamente dentro de su obra hoces y estrellas, dándole así un cariz militante adicional.


Avram Finkelstein distribuyendo el periódico en la Marcha del Orgullo Gay. New York, 1990. Foto Archivo Avram Finkelstein.

Aquel primer periódico de Anonymous Queers, titulado Queers Read This (Queers lean esto), que incluía el artículo, fue impreso para la marcha del orgullo en una tirada de 15.000 ejemplares. Queríamos marchar con la columna de ACT UP y repartir el periódico al mismo tiempo. Pensamos que si para llevarlo y distribuirlo usábamos carritos plegables, no iba a parecer un material “oficial” de ACT UP. Lamentablemente, el peso de los miles de periódicos rompió todos los carritos y no tuvimos otra opción que ponerlos de vuelta en la “carroza” de ACT UP. Como no pensábamos que “Odio a l*s héteros” fuera un artículo incendiario, creíamos que no habría ningún problema.

Aunque ACT UP era predominantemente queer, había miembros de agrupaciones de izquierda y profesionales de la salud que no lo eran, pero aun así, eran parte esencial de la organización. Durante la reunión realizada el lunes siguiente a la marcha del orgullo se desató una feroz discusión interna en ACT UP que se esparció como una llamarada repentina. “Odio a l*s héteros” fue criticado por excluyente e hiriente, y hasta donde yo recuerdo nadie en ACT UP (fuera de nuestro colectivo), salió a defenderlo. Nosotros sí lo hicimos, tratando de señalar que, aunque el título fuera provocativo, el texto tenía un tono moderado. Sentíamos que era justo que l*s heterosexuales se tomaran el trabajo de dilucidar si alguna de las críticas se aplicaban a ell*s o no, tal como sucedió con las personas blancas durante el movimiento Poder Negro, y con los hombres durante el auge del movimiento feminista. Nos mantuvimos firmes en nuestra posición, pero fue una conversación dolorosa para algún*s miembros heterosexuales de ACT UP.

Tapa de NYQ, la revista donde en un artículo, Finkelstein profundiza su postura sobre el separatismo. Fuente: Archivos Desviados.

El debate prosiguió en Nueva York durante algún tiempo, lo que llevó a un integrante de Gran Fury a criticarlo en la revista Artforum. Esto a su vez hizo que yo escribiera un artículo de tapa sobre el separatismo para una publicación queer de la ciudad, NYQ. Mi artículo no tenía un tono de arrepentimiento, todo lo contrario: de hecho, iba más allá, al proponer la reapropiación de las contribuciones queer a la cultura en general, como La piedad de Miguel Ángel, toda la prosa de Gertrude Stein y la Capilla Sixtina. El cineasta canadiense queercore Bruce LaBruce escribió una carta lapidaria en respuesta a la publicación, en la que defendía una perspectiva post-identitaria.


En un mundo “post-gay” “Odio a l*s héteros” podría parecer estridente, pero las críticas dirigidas a los privilegios heterosexuales han cobrado nuevo impulso, convirtiéndose en un núcleo vital de los debates entre distintos sectores. También vale la pena recordar que, cuando el texto fue escrito, la transmisión del sida entre heterosexuales era puesta en tela de juicio, y que llevó cuatro años de presión continua al CDC para que estos admitieran

que había que cambiar la definición e incluir a las mujeres. El mismo año en que se publicó “Odio a l*s héteros”, el New York Times publicó un artículo de opinión titulado “¿Por qué hacer del sida algo peor de lo que es?”, donde cuestionaba la posibilidad de que hubiera transmisión heterosexual a pesar de que una enorme cantidad de datos clínicos probaran lo contrario. El año 1990 fue simultáneamente un momento de la autodeterminación queer (la palabra queer todavía debía ganarse su lugar en nuestro vocabulario y había muy pocos programas de estudio queer) y de la negación de la transmisión del sida entre heterosexuales (el sida que asolaba África todavía no se había convertido en un problema para Estados Unidos). Aunque había profesionales de la salud heterosexuales sosteniendo nuestra postura desde el principio, l*s observadores ajenos al mundo queer que asistían a la lucha contra la pandemia, todavía se preguntaban de qué modo les afectarían las llamas del sida. “Odio a l*s héteros” les arrojó gasolina.


Aunque el tono de “Odio a l*s héteros” pueda parecernos anacrónico, y el artículo en sí una curiosidad de archivo, no es simplemente eso. Este opúsculo radical, como gran parte de la ephemera queer, tiene una velocidad de transmisión regulada por una temporalidad cultural propia; está imbuido de una vida más larga, por así decir. Para la comunidad queer, nuestros archivos no son un vestigio muerto del pasado. No han pasado más que cincuenta años desde la revuelta de Stonewall y, después de siglos de ocultamiento, el material del archivo queer se sostiene como una apuesta vigente, un proyecto vital que tiene relevancia y nos interpela aún hoy en día. A menudo, el público en general tiene vedado el acceso a la producción cultural radical, independientemente de quién la produjo o del tema que trate. Pero en el caso de “Odio a l*s héteros”, este puede ser encontrado en Google y ha generado muchas versiones y revisiones en los círculos radicales queer, e, incluso, ha ingresado al ámbito académico. Tras varias décadas de asimilacionismo queer impuesto, la radicalidad queer no ha podido ser eliminada fácilmente de las conceptualizaciones reflexivas que abordan nuestra identidad en forma crítica o exhaustiva.




*Artista y activista miembro fundador del colectivo Silence = Death y Gran Fury. Sus obras forman parte de las colecciones permanentes de los museos Whitney, MoMA, New Museum, y Smithsonian Archives of American Art. Es autor del libro After Silence. A History of AIDS through Its Images, University of California Press, 2018.


Traducción Mario Iribarren.



Odio a l*s héteros


Anonymous Queers. Junio de 1990.


Manifiesto "I Hate Straights". Anonymous Queers. Junio, 1990. Fuente: Archivos Desviados.

Tengo amig*s. Algun*s de ell*s son héteros.


Año tras año, voy a visitarl*s. Quiero verl*s para ver cómo están, para agregar un poco de novedad a nuestras largas y complicadas historias, para darles un sentido de continuidad.


Año tras año, tengo la misma sensación de que los hechos de mi vida les resultan irrelevantes y que me escuchan a medias, que no soy más que un apéndice del devenir de un mundo más grande, un mundo de poder y privilegio, regido por las leyes de la pertenencia, un mundo de exclusión. “Eso no es verdad”, sostienen mis amig*s héteros. Hay una única verdad instalada en la política del poder: l*s excluid*s ruegan por ser incluid*s, mientras que l*s incluid*s aseguran que l*s excuid*s ya lo están. Lo hacen los hombres con las mujeres, l*s blanc*s con l*s negr*s y el resto del mundo se lo hace a l*s queers.


La principal línea divisoria, tanto en el plano consciente como inconsciente, es la procreación… y esa palabra mágica: Familia. Frecuentemente, las personas de las que nacemos nos rechazan cuando descubren quienes somos verdaderamente, y peor aún, se nos impide formar nuestra familia. Somos castigad*s, insultad*s, aislad*s y tratad*s como sedicios*s en lo que hace a la crianza de niñ*s, siendo condenad*s si nos atrevemos a intentarlo, y también si nos abstenemos de ello. Parece como que la propagación de la especie fuera un mandato tan frágil que, de no ser implementado como parte de una única agenda, la humanidad se derretiría en el barro primitivo.


Odio tener que convencer a l*s héteros de que las lesbianas y los gays vivimos en una zona de guerra, que estamos rodead*s de impactos de bombas que solo nosotr*s parecemos escuchar, que nuestros cuerpos y almas son apilados, muert*s de miedo, golpead*s o violad*s, muert*s de pena o por enfermedades, completamente privad*s de nuestra dignidad como personas.


Odio a l*s héteros que no pueden escuchar la bronca de l*s queer sin decir: “ey, no todos l*s héteros son así. Yo también soy hétero, ¿sabés?”, como si sus egos no recibieran suficientes caricias o protección en este mundo arrogante y heterosexista. ¿¡Por qué tenemos que cuidarl*s, cuando expresamos nuestra justa furia generada por su sociedad de mierda? Por qué tenemos que reconfortarl*s con la frase: “Por supuesto que no me refiero a vos. Vos no actuás de esa manera”. Que se tomen el trabajo de darse cuenta por sí mism*s si merecen ser el blanco de nuestra furia.


Pero, por supuesto, eso implicaría que ell*s tengan que escuchar nuestra furia, algo que casi nunca hacen. Se hacen l*s distraíd*s, con frases como “yo no soy así”, “mirá quién está generalizando ahora”, “lográs más siendo amable”, “si ponés el acento en lo negativo no hacés más que debilitar tu posición”, o bien “no sos la única persona del mundo que sufre”. O si no, directamente nos dicen: “no me grites, estoy de tu lado”, “me parece que estás exagerando”, o bien “¡QUÉ AMARGO QUE SOS!”.


Nos enseñaron que l*s queer buen*s no se ponen furios*s. Nos lo enseñaron tan bien que no solo les ocultamos nuestra furia, sino que también nos la ocultamos entre nosotr*s. INCLUSO NOS LA OCULTAMOS A NOSOTR*S MISM*S. La ocultamos con el abuso de drogas y con el suicidio, o bien tratando de superarnos y ser mejores que ell*s con la esperanza de demostrar cuánto valemos. Nos muelen a palos, nos apuñalan, nos disparan y nos bombardean cada vez más, y pese a todo eso nos ponemos como loc*s cuando vemos a queers enojad*s portando carteles o pancartas que dicen DEVOLVAMOS LOS GOLPES. En la última década nos dejaron morir de a miles y todavía le damos las gracias al presidente Bush por plantar un árbol de mierda, lo aplaudimos por igualar a las personas con sida con las víctimas de accidentes automovilísticos que no usan el cinturón de seguridad. PERMITITE ESTAR FURIOS*. Permitite estar furios* porque el precio de la visibilidad es una amenaza constante de violencia, de violencia anti-queer, a la que prácticamente todos los segmentos de esta sociedad contribuyen. Permitite sentirte furios* porque NO HAY NINGÚN LUGAR EN ESTE PAÍS DONDE ESTEMOS SEGUR*S, ningún lugar donde no seamos víctimas del odio y los ataques, del odio hacia nosotr*s mismos, del suicidio, o bien del clóset. La próxima vez que un/a hétero te reproche por estar enojad* decile: “hasta que las cosas cambien, no me van a hacer falta más pruebas de que el mundo gira a costa mía”.


No tenemos por qué ver solamente parejas hétero en las publicidades de supermercados por TV… No queremos que nos sigan refregando fotos de bebés en la cara hasta que podamos tener o criar l*s nuestr*s. Basta de casamientos, aniversarios, despedidas de solter*s, por favor, a menos que sean nuestr*s hermanos y hermanas l*s que los celebran. Y deciles que no te saquen de encima diciendo “vos tenés derechos”, “vos tenés privilegios”, “estás exagerando” o “tenés mentalidad de víctima”. Deciles “ALÉJENSE DE MI, hasta que USTEDES cambien”. Deciles que se vayan y vean qué tal les va en un mundo sin l*s fuertes y valientes queer que son su columna vertebral, sus tripas, su cerebro y su alma. Andá y deciles que se vayan hasta que hayan pasado un mes caminando de la mano en público con alguien del mismo sexo. Si logran sobrevivir a eso, entonces será el momento de escuchar lo que tengan para decir sobre la furia queer. De lo contrario, que se callen la boca y escuchen.



Traducido por Moléculas Malucas.


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