La última razzia a un boliche de lesbianas en Buenos Aires


Por María Luisa Peralta*


El Pasaje Dellepiane. Fuente: "Té en el Sahara", (blog personal de la autora).

En abril de 2020 se cumplieron 25 años de un hito represivo: el 15 de abril de 1995 tuvo lugar la última razzia en la ciudad de Buenos Aires contra un boliche de lesbianas. Veinticinco años puede ser mucho tiempo o muy poco. En la vida de una persona, es muchísimo. En la historia de los movimientos sociales que protagonizan procesos históricos de cambio, no es tanto. Es mucho lo que anduvimos en estos veinticinco años si miramos cómo estamos hoy en términos sociales, políticos, culturales y también legales. Tanto que a veces parece que se pierden un poco de vista cómo eran las condiciones de existencia para las personas LGTB en aquellas épocas no tan lejanas.


Boicot era una disco básicamente para lesbianas que quedaba en el Pasaje Dellepiane, a la altura de Córdoba al 1600, entre Viamonte y Tucumán. Pleno centro de lo que por entonces todavía se llamaba Capital Federal. Las dueñas de Boicot eran Pato Galante y Myriam González (fallecida en 2000), socias y pareja. Pato Galante dice que “Boicot fue un lugar para chicas pero eso no significaba que estaba prohibida la entrada a varones. Ellos podían entrar, lo que sí había era beneficios en los precios de las entradas y cierta prioridad de ingreso para las chicas”. Fueron años donde, además de las discos, había muchos más bares y pubs LGTB que ahora, algunos legendarios. Tanto Galante como Mónica Santino coinciden marcar la gran importancia que tuvieron esos lugares de encuentro y en considerarlos no sólo emprendimientos comerciales sino también una forma de militancia. En la misma cuadra de Boicot estaba Tasmania, un bar hermoso, cálido, que acogió las noches de muchxs de nosotrxs en la comunidad LGTB que queríamos un lugar con música pero donde se pudiera hablar y besarse sin que te molestaran. Tasmania abría antes que Boicot y cerraba más tarde, ya de mañana. Lxs que estábamos en el bar toda la noche veíamos las oleadas de lesbianas que pasaban a tomar algo antes de ir a bailar y las que venían a desayunar cuando el boliche cerraba. El pasaje empedrado prácticamente no tenía tránsito de autos, de manera que la gente se amontonaba a charlar y hacer tiempo en las veredas del bar y de la disco.



Boleto de entrada a Boicot, de marzo de 1995, semanas previas a la última razzia. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

El 15 de abril de 1995 hubo una razzia policial. Todavía las había con cierta regularidad en los boliches gays y en los que eran para gays y travestis (no todos los boliches gays permitían la entrada a travestis). Esta, sin embargo, tuvo de especial que sería la última para las discos de lesbianas en Buenos Aires, que luego funcionaron con mayor o menor suerte económica pero sin la amenaza policial (aunque con coimas mediante, siempre hubo coimas). Así lo cuenta Pato Galante: “Hubo varias razzias, tanto en Enigma [el otro boliche del que eran dueñas con Myriam González, más orientado a gays] como en Boicot. Hacían apagar la música y con las luces prendidas separaban a hombres por un lado y a mujeres por el otro y los ponían en fila. Aparte de Moralidad también caían los de la comisaría del barrio, aunque les pagáramos mensualmente el canon que nos exigían. Entraban en medio de la noche, de manera intempestiva, y no había con qué darle, cuando caían, caían, no había margen de negociación. Hacían lo que querían, no nos escuchaban. Ellos entraban y de repente, entre los que integraban el operativo, reconocías la cara del tipo con quien te sentaste, le ofreciste una Coca Cola y le pagaste el canon para que no molesten. Y si te cruzabas la mirada directamente te desconocía”.


Prácticamente no hay ningún documento, informe o memoria de este incidente. El único lugar donde se puede leer lo que pasó esa noche es el informe que Alejandra Sardá preparó sobre la situación de las lesbianas en Argentina como parte del libro Unspoken rules. Sexual Orientation and Women’s Human Rights, que publicó en 1995 [1] la Comisión Internacional de Derechos Humanos de Gays y Lesbianas (IGLHRC, por sus siglas en inglés, una ONG fundada en 1990 en Estados Unidos por activistas rusxs y norteamericanxs, actualmente se llama OutRight). Algunos otros reportes de violaciones de derechos humanos de esos años mencionan el hecho, pero lo hacen citando este informe de Alejandra.


Tapa del libro libro "Unspoken rules. Sexual Orientation and Women’s Human Rights", donde Alejandra Sardá relata la razzia a Boicot de abril de 1995 como parte de su informe sobre la situación en Argentina. International Gay and Lesbian Human Rights Commission. Nueva York 1995. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

La policía cayó en la disco y arrestaron a 10 lesbianas. El informe se basa en lo que contó Mirta Molinari, que estaba presente. Ella había sido activista de SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lésbica de Argentina) y luego se había apartado, formando otro grupo que se llamó Integración Lésbica. Este grupo se dedicaba sobre todo a los talleres de reflexión, una metodología habitual en los grupos lésbicos de la época, y a la socialización y fue de duración más bien corta. Mirta Molinari, con su mirada entrenada de militante, reportó que la policía seleccionó especialmente a las que le parecieron más jóvenes y más pobres, las que suponían que tendrían menos recursos para defenderse. Al buscar a las jóvenes la intención era doble: si hubiera habido alguien menor de 18 años, se habría podido clausurar el local. En este caso, todas eran legalmente mayores de edad.


La realizadora de cine Liliana Furió, que era habitué del lugar y estuvo esa noche allí, lo recuerda así: “Boicot en aquel momento de la razzia ya se había convertido en EL boliche de las tortas de los ‘90. Amábamos ese lugar. Siempre cuento esa anécdota como retrato de época que, aunque ya en plena democracia, mantenía intacta la impronta represiva de la dictadura. Yo tenía 32 años y hacía un año y medio que me había separado del padre de mis hijas y me había asumido lesbiana, así que estaba a full. Había salido de la casa de un milico para casarme con un pibe de mi edad, siguiendo mandatos. Todas las veces que podía arrancaba las previas en Bach Bar o en Tasmania, que era la otra previa antes de ir a Boicot. La razzia de 1995 fue tremenda, esa noche hicimos la previa en Bach Bar con una amiga y ahí conocimos a dos chicas paraguayas muy bonitas de paso por Buenos Aires. Una de ellas era gerenta de un banco, hija del dueño, era una chica formal, recién salida del closet y fascinada por lo que estaba pudiendo vivir en Buenos Aires. Imaginate Paraguay años ‘90. La otra era más hippona, intelectual, que ya conocía la noche de Buenos Aires. Las invitamos a ir a Boicot con nosotras y las dos emocionadísimas y felices nos acompañaron. La noche en Boicot empezó divina, bailando, tomando algo, les presentábamos a amigas, la más formal de las paraguayas nunca había estado en un boliche de tortas, estaba completamente obnubilada. De repente, mientras bailábamos con nuestros tragos en la mano, se empiezan a escuchar gritos, se producen movimientos raros, muebles que se corrían: “¡entró la cana! ¡rajen que entró la cana!”. En un segundo de distracción perdí de vista a las paraguayas y desesperada empecé a buscarlas porque me sentía responsable. De repente veo que las canas estaban torciéndole el brazo a las pibas del lugar y las ponían contra la pared mientras se las iban llevando.”


Y así lo recuerda Valeria Herrera, con quien al año siguiente empezamos a compartir militancia en Lesbianas a la Vista: “Recién llegaba a Buenos Aires, venía del sur, tenía 18 años. Fui una vez (y creo que única) tímidamente. Me quedé en la parte de arriba mirando hacia la pista y no me moví de ahí por horas hasta que llegó la cana. Era la época de las razzias. Yo no sabía lo que eran. Entraron violentamente, pedían documentos, amenazaba a las pibas menores de edad con avisarles a los padres, cagándose de risa al ver el miedo en muchas. Eran habituales las razzias. Esa primera vez me dio miedo. Luego fui más a conciencia que iba a tener que enfrentarlo, que no quería salir corriendo y que algo tenía/teníamos que hacer para cambiarlo”.


Las retuvieron durante tres horas, sometiéndolas a burlas, abuso verbal, y amenazándolas con revelar a la prensa sus nombres y el hecho de que eran lesbianas (algo que la policía había hecho muchas veces antes con personas LGTB). Dice el informe de Alejandra Sardá que las dueñas de Boicot llamaron a Mónica Santino, como hubiera hecho casi cualquiera en esa situación. Santino, la histórica vicepresidenta de la CHA cuando obtuvieron la personería jurídica y una de las pocas activistas lesbianas públicas en esos años, se encargó de presionar a la policía para que no retuvieran a las lesbianas detenidas por más tiempo del que la ley permitía.


Tarjeta promocional de Boicot anunciando un recital de Sandra Mihanovich en el boliche. Fuente: Fondo Marcelo Reiseman del Programa de Memorias Políticas Feministas y Sexogenéricas, CeDInCI.

Eran años de “averiguación de antecedentes” (una figura muy vaga que le permitía a la policía arrestar a las personas para comprobar su identificación y si tenían antecedentes policiales) y de edictos policiales en la ciudad de Buenos Aires, que recién fueron derogados en 1998, luego de un intenso trabajo militante inscripto en las disputas por los cambios legales e institucionales que tuvieron lugar cuando la ciudad de Buenos Aires dejó de ser el distrito federal y pasó a ser una ciudad autónoma. Los edictos habilitaban a la policía a acosar, extorsionar, detener y torturar a las personas LGTB, funcionando como un sistema para-legal completamente inadmisible en una sociedad democrática: la policía los redactaba y promulgaba, ejecutaba los arrestos y luego dictaba las condenas, que se cumplían en las mismas comisarías. Nos paraban hasta por ir de la mano por la calle. Sí, todavía a mediados de los noventa, unos cuantos años después de la recuperación de la democracia. La peor parte la llevaban las travestis, que aparecían asesinadas con pasmosa regularidad, sobre todo a la vera de la ruta Panamericana, uno de los principales lugares donde realizaban trabajo sexual. Las detenían por su mera existencia travesti, no importaba si solamente habían salido a la calle a comprar la comida para el almuerzo, amparándose en un artículo que penaba “vestir ropas del sexo opuesto”. Pero lesbianas y gays también éramos perseguidxs. La gente salía de los bares y boliches y cuando veía un patrullero cerca se soltaba de las manos, desarmaba los abrazos, interrumpía los besos.


Como decía Liliana Furió al recordar la noche del 15 de abril: “Fue una noche de larga angustia, un momento tremendo y traumático, pero que también me sirvió para concientizar cuánto del horror naturalizado de las fuerzas y modalidades represivas, que venían de tiempos de dictaduras recientes, todavía continuaban intactas, una represión totalmente impune, horrorosa.”


Boicot no era un tugurio clandestino. Los bares y boliches LGTB no se anunciaban en la gran prensa, pero cuando buscabas un poco en el ambiente los encontrabas con facilidad. La mayoría tenía puerta a la calle. Un mes antes de la razzia, en Boicot hubo un recital muy grande por el 8 de marzo, una gran producción, según Pato Galante “fue una noche inolvidable, hermosa”. En las tarjetas de invitación, que encontrabas por ejemplo en los bares LGTB, anunciaban que habría muchas figuras invitadas, aunque no se daba el nombre de ninguna. Nadie era del todo clandestino, casi nadie era del todo visible. Hubo varias bandas y cantantes. Claudia Puyó fue la más potente. El ambiente era de fiesta y celebración, al entrar te daban rosas. El lugar estaba repleto. Así eran esos tiempos: un gran festival y al poco tiempo una razzia.


Tapa de las Memorias del IV Encuentro de Lesbianas Feministas de América Latina y el Caribe realizado en Chapadmalal entre el 7 y 9 de abril de 1995. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

Una semana antes de la razzia, el 7, 8 y 9 de abril se había realizado el IV Encuentro de Lesbianas Feministas de América Latina y el Caribe. Un encuentro al que no fue tan fácil acceder. Otro evento que no fue del todo clandestino, pero tampoco del todo visible. En Tasmania había anuncios de que se haría un encuentro de lesbianas feministas, pero no se daban precisiones. Los carteles no decían ni dónde sería ni quién organizaba, no había un solo nombre. Había que mandar una carta a una casilla de correo –la era pre-internet, no había ni correo electrónico, el cambio tecnológico fue sideral– y luego te darían indicaciones al responderte. Lógicamente, las que asistieron fueron básicamente las que ya estaban dentro de algunos espacios de militancia lésbica y feminista. Tanto era el celo por mantener cierta “reserva”, que la remera recordatoria del encuentro, conservada por años por Sara Torres dentro de su valioso archivo personal, tenía un hermoso mapa de América Latina y el Caribe con unas figuras que se entrelazaban dibujadas en violeta, decía la fecha y “Argentina” pero no el lugar preciso donde se había realizado (fue en Chapadmalal, provincia de Buenos Aires). En las Memorias del encuentro (en cuya portada también aparecen las fechas y el país, pero no la ciudad) se puede leer: “Los bares de lesbianas y homosexuales fueron otra vía de comunicación: allí estábamos con nuestras alcancías y volantes difundiendo un Encuentro que a algunas sorprendía, a otras interesaba, a la mayoría le resultaba indiferente o asustaba”. Y sobre la incógnita del lugar dice: “Ya desde las primeras reuniones surgió la preocupación por encontrar un lugar lo suficientemente reservado como para dar el marco e intimidad, privacidad y seguridad que las mujeres que participaran necesitarían”. Las organizadoras escribieron que dejaron en claro de entrada que “el Encuentro sería de mujeres lesbianas para no tener luego ningún tipo de rechazo o inconveniente en el momento de la firma del contrato. Por parte de ellos no hubo ninguna actitud discriminatoria, quedando entre ambas partes el compromiso mutuo de guardar absoluta reserva acerca del evento como condición indispensable para contratar el servicio”.


Remera del IV Encuentro de Lesbianas Feministas de América Latina y el Caribe realizado en Chapadmalal entre el 7 y 9 de abril de 1995. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

Ese era el clima de época, el que hacía verosímil la amenaza policial de revelar datos a la prensa, una revelación que en esos años (y ahora todavía también, aunque prefiramos creer que no) podía tener consecuencias catastróficas en términos laborales o familiares. Cuenta Liliana Furió en relación a su discusión con la policía durante la razzia en Boicot: “Realmente no entiendo y no me lo explico cómo no me llevaron a mí. Por otra parte, el padre de mis hijas me tenía amenazada con sacarme la tenencia de mis hijas porque yo era torta así que imagínate si iba en cana el drama familiar [2] que hubiese implicado. Pero en ese momento realmente yo estaba fuera de mí.” Durante todos los ‘90 hubo razzias y allanamientos en los lugares de reunión LGTB: discos, pubs, bares, y lugares de levante como Costanera Sur y la Avenida Santa Fe. Recuerda Pato Galante: “Otro punto habitual de razzias era en la puerta de la galería Americana, un lugar emblemático del tarjeteo de boliches gay, en Santa Fe y Pueyrredón. Allí las detenciones eran permanentes, se llevaban a los tarjeteros en autos de civil. Pasaban horas en la comisaría, ponele que se los llevaban a las 12 de la noche y con suerte los largaban a las 4 de la mañana. Yo iba a buscar a siempre a mis tarjeteros. […] Obviamente, siempre, pero siempre, había chicas travestis detenidas, terrible.” El informe que Carlos Jáuregui confeccionaba para Gays DC sobre violaciones a los derechos humanos consigna cientos de detenidxs para el período 1994-1996.


En ese contexto, buena parte del activismo LGTB era dedicado al activismo antirrepresivo. Activistas como Carlos Jáuregui y Mónica Santino estaban siempre presentes recibiendo denuncias de la gente, llamando o yendo a comisarías. Lxs abogadxs Marcelo Feldman y Ángela Vanni [3] (quien falleció el 7 de julio de 2020), integrantes del servicio legal de Gays DC, dedicaban mucho de su tiempo y su capacidad profesional a atender llamados de personas LGTB detenidas por la policía, acudiendo a cualquier hora del día y de la noche a sacar gente de las comisarías. Como parte de la reacción a la razzia en Boicot, en vez de dejarse intimidar, el Frente de Lesbianas de Buenos Aires inició una campaña entre las tortas con información sobre derechos repartiendo en los bares típicos volantes antirrepresivos, como los que repartían muchas otras organizaciones que no eran LGTB: qué podía hacer la policía y qué no, qué podían exigir lxs detenidxs, cómo debían proceder en términos legales –remarcando la existencia de asistencia legal gratuita– y daban un teléfono de contacto.


Volante de difusión de derechos antirrepresivos del Frente de Lesbianas. Buenos Aires, 1995. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

Los edictos policiales y la violencia policial afectaban a muchos sectores además de las personas LGTB: chicxs en situación de calle, vendedorx ambulantes, trabajadoras sexuales, a la protesta social en general y al movimiento piquetero en particular, que para esos años ya estaba ganando fuerza y presencia en varios lugares del país y ya tenía compañerxs asesinadxs por la policía en la represión de los cortes de ruta. Estos sectores hicieron suya también la lucha contra el “gatillo fácil”, sostenida desde hacía años por militantes de la izquierda como el abogado comunista León “Toto” Zimerman (fundador de CORREPI y el que acuñó el término cuando querellaba la causa por la llamada masacre de Budge). Se iniciaban procesos de diálogo y confluencia entre gente que habitualmente compartía realidades diferentes pero que descubría puntos en común: la represión de la que eran objeto por su forma política o sexual de habitar, ocupar y transitar el espacio público. Ese mismo año de 1995 se convocó una marcha contra la violencia policial, y el volante donde se instaba a repudiar “las razzias, las coimas, la prepotencia, el patoterismo, la tortura física y psicológica y el gatillo fácil” estaba firmado por organismos de derechos humanos, organizaciones estudiantiles, sindicales, el Frente de Lesbianas, Gays DC, ATA, la CHA y AMAR.


Volante convocando a una marcha contra la policía firmado por varias organizaciones, incluido el Frente de Lesbianas. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

En veinticinco años algunas cosas cambiaron mucho, otras no tanto. Boicot ya no existe. Tasmania tampoco. Pero los edictos policiales tampoco existen más, gracias al esfuerzo de decenas de militantes de distintos movimientos sociales que pudimos armar coaliciones amplias para lograr su derogación. Porque los edictos policiales afectaban a muchos sectores diferentes, algunos considerados más respetables por la sociedad y otros más despreciados, incluso por algunxs de lxs otrxs que eran afectadxs por los edictos. Todxs tuvimos que aprender a trabajar juntxs con todas esas diferencias para poder frenar el poder autoritario policial. Sin embargo, el avance nunca es lineal: luego de un proceso que se extendió durante años en el que se fueron derogando los códigos de faltas en todas las provincias, en años posteriores en muchas provincias, como Córdoba, volvieron a estar vigentes, y aunque con otros nombres, en la práctica son sinónimos de los edictos policiales. En muchas ciudades, como La Plata, la policía y lxs vecinxs actúan como si los edictos estuvieran vigentes. Tanto en la ciudad de Córdoba como en La Plata, lxs activistas LGTB re-editaron entre 2010 y 2016 alianzas amplias con los diversos sectores afectados por el autoritarismo policial. No fue fácil, lxs compañerxs todavía en esos años recientes siguieron encontrando resistencias y prejuicios homolesbobitransfóbicos incluso en espacios que se jactan de ser progresistas.



Tarjeta de promoción para el show del 8 de marzo de 1995 en Boicot. Fuente: Archivo María Luisa Peralta.

Una de las cosas que sí han cambiado en estos años es cuáles son los horizontes de posibilidad de la imaginación política para el movimiento LGTB. Tal como el movimiento de derechos humanos, el estudiantil, y el piquetero, nosotrxs tenemos toda la historia de nuestro movimiento atravesada por el posicionamiento y la acción antirrepresiva, a diferencia de otros movimientos sociales y políticos cuyo modo de ocupar (o no ocupar) el espacio público los mantuvo a resguardo de la acción policial. Sin embargo, otras discusiones, otras acciones, otras teorizaciones nos quedaban fuera de cuadro, porque la realidad inmediata que enfrentábamos por los edictos policiales, la extorsión, las coimas, las detenciones arbitrarias, nos marcaba no sólo una urgencia sino que acordonaba la interacción con el Estado: en esos años, no podíamos hablar de antipunitivismo ni discutir los términos o los procedimientos jurídicos, que por otro lado muy raramente eran para juzgar violencias contra nosotrxs, discriminación, o vulneraciones de derechos. Desde hace unos años, activistas de un sector del movimiento LGTB hablamos de antipunitivismo, no siempre en los mismos términos que el movimiento feminista porque nuestros enfoques siguen teniendo atravesamientos distintos justamente en lo que hace a lo sexual, a los modos de habitar el espacio público y a la exposición a la represión policial, que nunca cesó por completo, sino que sólo menguó o se desplazó territorialmente, o se concentró sobre algunas partes de la población LGTB. Somos básicamente el mismo sector que se preocupaba y se sigue preocupando por lo antirrepresivo en las calles, pero ahora además pudimos acceder a otra instancia de interacción con el Estado y el horizonte del debate, la teorización y la acción sobre el sistema judicial pasó a ser algo a nuestro alcance. No se trata de que un campo de lucha sea más legítimo que otro, ni de que tengan distinta jerarquía, sino de cuál es la legitimidad que se le da a los sujetos, individual y colectivamente, para convertirse en actores políticos válidos, socialmente respetadxs, como para darles voz en uno u otro campo.


Hoy vemos una continuación del avance policial y represivo que se consolidó en años anteriores, y el reclamo de ciertos sectores sociales que lo apoyan incluso dentro de algunos movimientos sociales que aunque se digan progresistas tienen agendas de vigilancia, securitismo y punitivismo. Ese avance es por un lado parte de la reacción a las conquistas no sólo legales sino también sociales de estos veinticinco años y por el otro una ilusión de algún tipo de respuesta frente a las crisis económicas y políticas, que generan descontentos y angustias que siempre se descargan sobre más o menos los mismos grupos seleccionados repetidamente como chivos expiatorios. Por todo eso, es también parte de lo que está agazapado, esperando el momento de tomar revancha. El movimiento LGTB puede con razón celebrar sus triunfos, pero no puede desentenderse del activismo antirrepresivo. Seguimos estando en la mira.




*Activista lesbiana y anarquista. Desde el año 1996, ha fundado o sido parte de diferentes grupos del movimiento LGTB. Su activismo se ha centrado en distintos temas, sobre todo lo antirrepresivo, la construcción de movimiento lésbico, la política LGTB anticapitalista, las maternidades lésbicas y las familias LGTB, el acceso a tecnologías reproductivas, la traducción y difusión de artículos, y los archivos. Actualmente es parte de Antinatural - Lesbianas por la justicia reproductiva y de Sexo y Revolución - Programa de memorias políticas feministas y sexogenéricas, del CeDInCI - UNSAM. También es integrante del colectivo de la Editorial Madreselva . Algunos de sus artículos y traducciones pueden leerse en su blog



Notas al pie

[1] Este capítulo del libro, de la versión en castellano, que se llamó Secreto a voces, puede consultarse en el archivo Potencia Tortillera.


[2] Para conocer más sobre las condiciones en que estaban las madres lesbianas en esos años, se puede leer https://www.moleculasmalucas.com/post/mater-admirabilis [3] Se puede leer más sobre el trabajo y el compromiso de Ángela en https://www.moleculasmalucas.com/post/Ángela-vanni-la-guardiana-de-las-travestis




Agradecimientos


Quiero agradecer a Pato Galante, Liliana Furió, Valeria Herrera y Mónica Santino por sus testimonios. A Juan Queiroz por buscar sus voces y a Adriana Carrasco por haber facilitado esa búsqueda. Le agradezco también a Nicolás Cuello por estar siempre dispuesto a la lectura crítica entre compañerxs y por su valoración amorosa de mi trabajo.




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Cómo citar este trabajo:


Peralta, María Luisa; "La última razzia a un boliche de lesbianas en Buenos Aires"

Moléculas Malucas, febrero de 2021.

https://www.moleculasmalucas.com/post/la-última-razzia-a-un-boliche-de-lesbianas-en-buenos-aires


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