Bienvenidos a Sodoma

Una novela de Ricardo Lorenzo


Moléculas Malucas presenta en exclusiva Bienvenidos a Sodoma, la nueva novela de Ricardo Lorenzo, escritor y periodista argentino radicado en Madrid desde 1977. Miembro del Frente de Liberación Homosexual en el exilio y compañero de militancia (y de vida) de Héctor Anabitarte, Lorenzo ofrece en esta obra una recreación hilarante y camp del Madrid de los años 90.




Tapa de la novela Bienvenidos a Sodoma, de Ricardo Lorenzo, realizada por el artista Daniel Ruiz Zurita.

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Prólogo


Por Jorge Luis Peralta


El título de una memorable película filmada por el grupo amateur catalán Els 5 QK’s en 1980, También encontré mariquitas felices, expresa un aspecto de la vida gay cuya representación ha sido entre nula y minoritaria, sobre todo antes de la eclosión de los movimientos liberacionistas de los años 70. Una frase también memorable, de la obra teatral -luego llevada al cine- Los chicos de la banda (1970) de Mart Crowley, ilustra exactamente la visión opuesta: “Muéstrame un gay feliz y te mostraré un cadáver sonriente”. Serían incontables, de hecho, los cadáveres gais que durante décadas prodigaron las ficciones literarias y cinematográficas. Cuando el desenlace no llegaba al extremo de la muerte, como mínimo se dejaba en claro que el homosexual estaba destinado al sufrimiento y a la soledad. Podrían traerse a colación excepciones, claro. Películas underground casi desconocidas, como A Very Natural Thing (1974) de Christopher Larkin, o la mítica novela Maurice de E. M. Forster, escrita entre 1913 y 1914, pero que no se publicó hasta 1971, un año después de la muerte del autor, precisamente porque “terminaba bien”. Hasta en Argentina, el mismo año de las revueltas de Stonewall, un díscolo sacerdote español poco afecto a la ortodoxia, Pedro Badanelli, publicó una obra teatral, El alba sobre Sodoma, en la que imaginaba un mundo donde los gais serían felices y se crearían cátedras especiales para educar a las mentes más resistentes a un cambio que él consideraba indispensable e inminente (y no se equivocaba tanto…).


Resulta evidente, en todo caso, que aunque en las últimas décadas la representación de gais y de otras minorías sexuales se haya diversificado -e incluso “normalizado” (¿qué serie que se pretenda inclusiva no tiene, hoy en día, algún personaje LGTBQ?)- el humor sigue siendo un terreno menos frecuente para la “homosexualidad”, especialmente en literatura. De allí la grata sorpresa de que el Pulitzer de 2018 le haya sido otorgado a la novela cómica Less, de Andrew Sean Greer. En la narrativa hispánica, la apuesta por el humor a la hora de dar cuenta de la vida “gay” tiene varios antecedentes de peso: se podría pensar en el ejemplo pionero de Las “locas” de postín (1919) de Álvaro Retana, y más adelante, en novelas como L’anarquista nu (1979) de Lluís Fernández, o en las obras de Copi y Eduardo Mendicutti, referentes insoslayables de una tradición camp cuya pluma desobediente ha contribuido a desarticular la solemnidad y el patetismo dominantes en buena parte de la ficción escrita por o sobre “gais”.


A esa tradición se suma ahora la flamante novela de Ricardo Lorenzo Bienvenidos a Sodoma. El autor, nacido en Buenos Aires en 1949, reside en España desde 1977. En su país natal estudió Derecho y fue miembro del Frente de Liberación Homosexual. El advenimiento de la dictadura militar en 1976 lo empujó al exilio, al igual que a su compañero Héctor Anabitarte y a otros tantos/as disidentes, políticos y/o sexuales. En España, Lorenzo se dedicó principalmente al periodismo y a la literatura. Junto con Anabitarte, escribió dos ensayos, Homosexualidad, el asunto está caliente (1979) y Sida: el asunto está que arde (1987), así como biografías, reportajes, guiones y obras de teatro. Su debut en la novela data de 1999, cuando dio a conocer, en Argentina, Ituzaingo-Ituzaingó, una evocación de la infancia vivida en el pueblo homónimo.


Autorretrato de Ricardo Lorenzo para Moléculas Malucas. Aranjuez, España, 21 de septiembre de 2020.

Ya en esa primera obra se puede apreciar el uso de una lengua desenfadada y maliciosa: la de Zulema, una amiga de la infancia que, en la segunda parte del libro, envía al protagonista -que se ha ido de Ituzaingó- una serie de misivas en las que lo pone al tanto de la suerte de los personajes que se habían dado a conocer en la primera parte de la novela. La nostalgia de esos retratos deja paso, en la voz de Zulema, a la sátira y a un humor corrosivo y punzante, sobre todo cuando adquiere protagonismo un obispo non sancto que se vuelve víctima, y también victimario, de la narradora. Escrita, como Bienvenidos a Sodoma, a lo largo de muchos años, Ituzaingo-Ituzaingó revela la capacidad del autor para construir, a partir de un espacio concreto, todo un universo. Como señala Eduardo Gudiño Kieffer en la contraportada, la novela “provoca lo mismo que la fugacidad de un perfume olvidado: esa presencia sutil de un recuerdo inasible que se nos escapa como se nos escapa el tiempo”.


Podría pensarse, en un principio, que Bienvenidos a Sodoma (redactada entre 1999 y 2015), poco tiene que ver con la evocación melancólica que atraviesa la opera prima del escritor. Y si bien se trata de propuestas muy diferentes, la reconstrucción del Madrid de los años 90 que acomete Bienvenidos se asemeja a la de la ciudad de la infancia: esa Ituzaingo, o Ituzaingó, con y sin acento, a medias recordada y a medias inventada. Aunque más cerca en el tiempo, también Madrid es (re)creada, recuperada a través de calles y espacios “reales”, pero vuelta mito vía una vertiginosa inventiva que inserta la sociabilidad gay característica de esos años en una desopilante trama detectivesca donde se cruzan las intrigas delictivas y sexuales.


Se puede intuir por dónde “irán los tiros” con solo leer los epígrafes que preceden a la novela, una serie de citas procedentes de muy heterogéneos autores: el hoy olvidado pero otrora prócer francés de la novela “gay” de los años 50 y 60, Roger Peyrefitte; los poetas españoles, tan distintos y distantes entre sí, Jaime Gil de Biedma, Antonio Machado, Leopoldo María Panero y Eduardo Haro Ibars; y Héctor Anabitarte. Otras tantas citas se desgranarán a lo largo de la narración, dando cuenta de la vasta biblioteca de Lorenzo, pero estas que ofician de pórtico a la novela ponen sobre la pista de las tradiciones de las que participa Bienvenidos a Sodoma. Por un lado, y tal como lo expresa el elocuente título, una tradición de escritura “marica” transgresora y reacia a las asimilaciones que trajo aparejadas la normalización de lo gay. Los personajes de Lorenzo, como el “yo” del poema de Gil de Biedma, disfrutan de los placeres de carne y no reciben por ello un castigo horripilante. Si Sodoma ha sido, históricamente, símbolo de la perdición y excusa para la persecución de “sodomitas”, “invertidos”, “homosexuales” o “maricones”, aquí se resignifica como un lugar de celebración de la disidencia, un lúdico universo donde la pluma es ama y señora. Pero el mariconeo no quita lo romántico: de ahí que la otra tradición que se despliega en Bienvenidos sea la de un romanticismo clásico en esencia -el “sujeto amoroso”, como mostró Barthes, cae en las mismas figuras sea cual sea el objeto de su arrobamiento- pero heterodoxo en sus formas: se puede buscar, esperar al Amado mientras el cuerpo recibe, aquí y allá, sus merecidas alegrías. La hipérbole amorosa que sugieren varios de los epígrafes no está reñida con la hipérbole sexual: hay que ejercitarse en el “vicio”, siguiendo el consejo de Peyrefitte, mientras se aguarda al Elegido, como Anabitarte. La inclusión de una cita de este último permite vislumbrar una tercera tradición en la que se incluye la novela de Lorenzo. Figura medular del activismo gay argentino y español, Anabitarte ha contribuido a preservar la memoria “marica” de unos años oscuros, en los que apartarse de la norma suponía exponerse a no pocos peligros (detenciones, extorsiones, golpizas, incluso la muerte). Bienvenidos a Sodoma ejercita otro tipo de memoria, más feliz, pero no deja de ser un rescate -vía los artilugios de la ficción- de unos modos de vida hoy transformados o directamente extinguidos. Lorenzo proporciona al archivo de la memoria gay española el mapa de un Madrid que ya no es, el equivalente para los años 90 de lo que fue Madrid ha muerto (1999) de Luis Antonio de Villena para los 80.


No conviene adelantar demasiado sobre los pormenores de la trama -que incluye desde tráfico de drogas y apariciones de la Virgen hasta sexo en saunas y cuartos oscuros- aunque se puede apuntar que el despliegue narrativo hace pensar en Copi, mientras que la lengua de las numerosas “locas” que pueblan la novela evoca, cómo no, a Mendicutti. La obra de Lorenzo se aleja, sin embargo, tanto de su par argentino como del autor de Una mala noche la tiene cualquiera. En la línea de Sergio, la injustamente olvidada picaresca marica que Manuel Mujica Láinez publicó en 1976, Bienvenidos a Sodoma se propone como un divertimento, un juego para “entendidas”. El escenario puede ser realista -como lo era en Mujica Láinez- pero las peripecias coquetean lúdicamente con la exageración y la parodia, como cuando entra en escena un desopilante grupo de maricas católicas denominado Gays Crist. La novela busca y espera la complicidad de una “lectora” que identifique las múltiples referencias que van apareciendo: desde próceres gais argentinos como Paco Jamandreu y Manuel Puig, a folclóricas españolas reverenciadas por multitudes maricas, como “la Pantoja”. No faltan, tampoco, las referencias a figuras reales que el propio Lorenzo conoció -según me comenta en un correo electrónico- y de las cuales fue introduciendo viñetas a lo largo de los muchos años de redacción de la novela. En ese sentido, el libro es también un homenaje entrañable al mundo del periodismo anterior a Internet, que Lorenzo conoció de cerca y que evoca con humor teñido de nostalgia.


Deliberadamente ligera, orgullosamente feliz, Bienvenidos a Sodoma depara una lectura del disfrute, tanto por la vía del humor como por la vía del erotismo. Se ríe con sus personajes -no de ellos, como en la infausta tradición homofóbica- y los conduce a un merecido final feliz. La sombra del VIH/sida planea aquí y allá -como cuando el protagonista, mientras espera la llegada de su amado en Barajas, ve una noticia sobre la enfermedad en un programa de TV- pero el foco está en la alegría de vivir que mueve a sus criaturas. Frente a tantísimas narrativas del sufrimiento y de la pérdida, Bienvenidos elige defender el placer y la felicidad. Sodoma, antaño territorio de la abyección y el estigma, se convierte aquí en espacio de gozo y celebración. Solo cabe agradecer, por tanto, el generoso regalo que Lorenzo nos ofrece a sus lectorxs: una novela efervescente, deliciosamente camp, libre y liberadora y, por eso mismo, oportuna y necesaria [1].

Jorge Luis Peralta

Palma de Mallorca, septiembre de 2020



Ricardo Lorenzo agradece:

a Juan Queiroz por nuestro pandémico encuentro virtual a Jorge Luis Peralta por su personal y generosa lectura de Bienvenidos a Sodoma a Daniel Ruiz Zurita por el regalo de la portada-tapa tan Madrid-Manet

a Federico Hernández-Plasencia por la cariñosa y paciente asistencia técnica 

a Moléculas Malucas que me permite presentar esta criatura virtualmente

a los/as amigos/as de aquí y allá y acullá, deseando les haga pasar un buen rato en este tiempo tan raro que nos toca vivir, en esta Nueva Normalidad que habrá que sobrellevar con un plus de humor 

Y, a Madrid, claro 




Nota el pie


[1] La edición y el prólogo de esta novela forman parte del proyecto “Memorias de las masculinidades disidentes en España e Hispanoamérica (PID2019-106083GB-I00)" del Ministerio de Ciencia e Innovación de España.


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Cómo citar este trabajo:


Libro:

Lorenzo, Ricardo, Bienvenidos a Sodoma, edición y prólogo de Jorge Luis Peralta.

Moléculas Malucas - Buenos Aires, 2020.

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Prólogo:

Peralta, Jorge Luis, "Prologo", Bienvenidos a Sodoma, Ricardo Lorenzo.

Moléculas Malucas - Buenos Aires, 2020.

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